En las oficinas japonesas hay un lugar reservado. Está al lado de la ventana, tiene buena luz y a veces hasta vista al parque. Se lo dan a los empleados que la empresa ya no sabe dónde poner.
Le dicen madogiwazoku: la tribu de los que miran por la ventana. Gente de cincuenta y pico, con veinticinco años de casa, que llega a las nueve, prende la computadora, toma té, lee el diario y se va a las seis. Nadie los echa. Tampoco nadie les pregunta nada.
Lo cuento porque cada vez que hablamos de la experiencia alguien saca a Japón como prueba de que se puede hacer distinto. Y sí, se puede. Japón inventó una forma elegantísima de no usarte.





