Durante veinte años tratamos al código como mascota: le pusimos nombre, lo curamos, lo mantuvimos vivo a cualquier costo. ¿Y si siempre fue ganado?
El código tardó tres horas en escribirse. La revisión lleva tres días.
Tres días de un senior leyendo línea por línea lo que un developer y su pair-programmer de IA generaron entre el desayuno y el almuerzo. Y nadie en la sala se anima a decir en voz alta lo que todos sospechan: que esa revisión dejó de ser una garantía y se convirtió en un ritual. Como el mate que cebás por costumbre, no por sed.
Hace unas semanas escribí sobre latencia: las empresas hoy producen más rápido de lo que pueden absorber. Esta escena es la versión de bolsillo de ese problema. La ejecución se aceleró diez veces; el control quedó a velocidad humana. Y cuando el control no escala, hay dos caminos: ponerle más gente al control —que es lo que estamos haciendo, con resultados previsibles— o aceptar que quizás estamos controlando la cosa equivocada.
Para entender el segundo camino, conviene mirar una película que ya vimos.


