Enero en Buenos Aires. Treinta y ocho grados a la sombra, si encontrás sombra.
Prendés el aire. El split arranca a full, la pieza se vuelve habitable, respirás.
Y a los tres días llega la boleta de la luz.
Pegás el grito. Lo mirás al aparato como si te hubiera traicionado. "Lo vamos a usar menos", decretás, con esa solemnidad del que toma una decisión que no piensa cumplir. Lo apagás. Abrís la ventana. Ponés el ventilador de pie, que gira y reparte el mismo aire caliente con más entusiasmo.
Dos horas después estás transpirando sobre el teclado y lo volvés a prender.



