Una charla de café sobre la última de las paradojas: cómo una sociedad con más acceso a la información se embrutece.
Hay mesas que solo existen en la cabeza, pero son las más reales que uno frecuenta.
La mía está en un café porteño cualquiera, de esos que todavía tienen mantel de papel y un mozo que te mira mal si te quedás más de dos horas con un cortado. Mesa redonda, contra la ventana, con la luz pegando de costado sobre la madera gastada. Afuera, un colectivo frena y arranca con esa bronca rutinaria que tiene Buenos Aires a las cinco de la tarde.
Conmigo, tres invitados imposibles.
