Tenía nueve años y no había nada.
Estamos hablando de 1983 en Buenos Aires. No había tutoriales, obviamente. Pero tampoco había libros. Lo poco que llegaba venía en inglés, en revistas importadas que aparecían salteado en alguna librería del centro, y yo no sabía inglés, así que agarré el diccionario.
Palabra por palabra, con el dedo en el renglón. Un artículo de cuatro páginas me llevaba una semana. Y cuando terminaba de traducirlo entendía la mitad, porque la otra mitad daba por sabidas cosas que yo no tenía manera de saber.








