Te llega un mensaje de alguien que no conocés, o que conocés de lejos, diciéndote que armó algo con una IA un domingo a la tarde y preguntándote si lo podés mirar. Abrís el link y la app anda, más o menos, pero anda. Lo interesante es que la pregunta que sigue no es si la idea sirve, porque eso ya lo contestó la máquina, sino cuánto le saldría hacerlo bien. Esa consulta, hace tres años, no existía. Esa persona tenía la idea guardada en un cajón, junto con el miedo a que le dijeras que era una pavada o a que le cobraras una fortuna solo por averiguarlo. Y durante esos mismos tres años, mientras esa puerta se abría, a vos te repetían que la IA venía por tu trabajo.











