Hay un programador en casi todas las empresas que sabe dónde están enterrados los muertos. No necesariamente es el que mejor programa ni el que más habla en las reuniones. Pero cuando algo raro pasa un viernes a las seis de la tarde, alguien termina diciendo: "Preguntale a Juan". Juan sabe que ese servicio aparentemente inútil no se puede apagar, que ese cliente que pide una cosa en realidad suele necesitar otra, y que tocar cierta parte del sistema justo antes del cierre mensual es una excelente manera de pasar el sábado trabajando.






