Hay una idea que se repite en voz baja, como esas verdades que nadie “discute” pero casi nadie practica: “ser bueno no paga”. Que la bondad es para ingenuos. Que el vivo gana. Que el mundo es una jungla y, si no mordés primero, te muerden.
Y sin embargo… qué curioso: cuando uno mira con un poco más de atención, descubre que muchas de las cosas verdaderamente valiosas en la vida —amistad, confianza, pertenencia, reputación, cultura, comunidad— se construyen con actos de bondad, no con grandes discursos, con acciones.
Cada vez que somos buenos, sembramos bondad. Quizás no ganemos en este momento. Tal vez alguien “malo” o indolente gane esa batalla puntual. Pero hay algo que cambia de forma silenciosa, aunque nadie lo vea: pusimos peso del lado correcto de la balanza.
Y eso —aunque suene a frase de taza— es profundamente inteligente.
El bien y el mal: GPS moral con señal intermitente
A esta altura ya lo sabemos: el bien y el mal son locales. Dependen del lugar, del tiempo, de la cultura, de la educación que recibimos, de los miedos que heredamos, de las heridas que no terminamos de cerrar.
Lo que para algunos es “normal”, para otros es inaceptable. Lo que en un contexto se celebra, en otro se castiga. Entonces surge la gran pregunta: ¿cómo sabemos que algo está bien?
No existe un manual universal que tenga toda la razón. Pero hay un criterio bastante confiable que no requiere religión, ideología ni PowerPoint: sabemos que algo está bien cuando no estamos haciendo daño a nadie. Y sabemos que algo está bien cuando, además, estamos ayudando.
Ayudar al que realmente necesita, enseñar al que no sabe, curar, acompañar, donar, construir un mejor mañana, aunque sea con una pequeña acción y sin aplausos.
La regla más antigua (y más vigente) del mundo
No hacerles a otros lo que no nos gusta que nos hagan. Es simple, casi infantil… y por eso mismo resulta incómoda. Porque nos deja sin excusas. No pide un doctorado: pide consciencia.
Proteger al desvalido. Trabajar para ser una mejor persona cada día. Hacer que parte de tu felicidad sea el bienestar de los demás.
Todo eso suena “moral”. Pero también es inteligencia emocional: la capacidad de entender qué generan nuestras acciones en los demás y qué tipo de mundo estamos alimentando con lo que hacemos.
La bondad no es debilidad: es visión de largo plazo, la indolencia suele disfrazarse de realismo:
“Yo no puedo hacer nada.”
“Que se arreglen.”
“Así es el mundo.”
“Si ayudo, me aprovechan.”
Pero muchas veces, esa falta de empatía no es realismo: es mirada corta. Porque hay algo que no conviene ignorar: la desesperación es un motor. Puede empujar a decisiones horribles. Y esas decisiones —tarde o temprano— se vuelven parte de ese mismo ecosistema en el que existimos nosotros y los seres a los que amamos.
No es poesía; es dinámica social.
El bienestar colectivo, aunque no sea perfecto, reduce la fricción. Y reducir la fricción es una forma elegante de decir: menos violencia, menos abandono, menos dolor, menos “nadie me importa”.
Cuando el otro está mejor, el mundo se vuelve un poco más estable. Y ese mundo más estable es el que vos también vivís. La bondad, vista así, deja de ser “un acto lindo”. Se vuelve estrategia humana. Se vuelve diseño.
Dar te hace más (y no en Instagram)
Hay un punto interesante en el camino:cuando te volvés lo suficientemente grande por dentro, entendés que el bienestar de la mayoría también se refleja en el propio.
No porque “todo vuelve” como si el universo fuera un sistema contable con karma automático. Sino porque salís de vos mismo.
Ayudar a alguien a salir de una mala situación te cambia el centro de gravedad. Te obliga a mirar la vida desde otro ángulo. Te saca del loop infinito del “yo, yo, yo” que —aunque no lo parezca— es una forma sofisticada de encierro.
Y entonces pasan cosas raras:
Te sentís mejor, pero no por ego: por sentido.
Te volvés más humano porque te acordás de que el otro existe.
Te volvés más responsable porque entendés que tu acción tiene impacto.
Es como si el “foro interno” se quedara chico y, de pronto, te expandieras.
Cuando la inteligencia se pone al servicio de la ayuda
Acá es donde esto que te estoy contando se vuelve una experiencia cotidiana.
Desde hace ya 6 meses, tengo la fortuna de ser parte de una empresa que no busca crecer por crecer, sino crecer para ayudar a más gente. Y eso, en tiempos de cinismo corporativo, es casi un unicornio (y no del tipo startup, sino del tipo “no puedo creer que esto exista”).
Pero hay una capa más y para mí es la más importante: no es solo la misión. Es la gente. Trabajo con un grupo de personas con el que me enorgullece avanzar, empujar, discutir, construir y lograr más. No por el “logro” en sí, sino por lo que destraba del otro lado: que una campaña llegue a su meta y alguien respire, que una familia tenga una noche menos de incertidumbre, que una emergencia no sea una condena.
Me enorgullece porque no trabajamos solo con métricas: trabajamos con consecuencias humanas. Con historias reales. Con urgencias reales.
Eso es GoFundMe: la inteligencia puesta al servicio de la ayuda a otros. Pero por sobre todo, es un camino de construcción de buena gente. De seres que quieren que el prójimo se convierta en algo más de lo que es. Y cuando ese camino se transita en equipo, la energía se multiplica: se vuelve más difícil caer en el cinismo y más fácil recordar por qué vale la pena.
Porque detrás de cada campaña hay una historia real, y casi siempre una urgencia real:
Una operación que no puede esperar.
Una familia que perdió su casa en un desastre.
Educación para donde no la hay.
Asociaciones que ponen todo en pos de curar, criar, mejorar.
A veces el punto de partida es mínimo: un plato caliente. Una noche bajo techo. Una chance de seguir. Y lo increíble es que el mecanismo no es magia. No es una idea abstracta. Es gente ayudando a gente.
La pregunta incómoda: ¿por qué no ayudamos más?
Porque estamos cansados.
Porque desconfiamos.
Porque creemos que alcanza con los impuestos que pagamos.
Porque pensamos que es inútil.
Porque creemos que “uno no hace la diferencia”.
Pero ahí hay un truco mental, de esos que parecen lógicos hasta que los mirás de frente. El mundo no cambia por “una gran acción”. Cambia por muchas acciones pequeñas que se vuelven un sistema. Y un sistema se sostiene con la repetición, no con la épica.
Ser bueno no requiere ser santo. Requiere ser consistente.
Y sí: a veces vas a ayudar y no vas a ver el resultado. Otras veces vas a dar y nadie te va a aplaudir. Y otras tantas vas a elegir el camino correcto y vas a sentir que perdiste.
Pero incluso ahí hay ganancia: te convertiste en la clase de persona que querés que exista.
La bondad como músculo (y como elección)
La bondad no es un rasgo fijo: es un músculo. Se entrena, se elige, se practica. Y, como todo entrenamiento, cuesta. Porque va en contra de la inercia del “sálvese quien pueda”. Pero como todo entrenamiento, también te transforma.
Ayudar, donar, acompañar, enseñar, proteger… no es solo un acto hacia afuera. Es una construcción hacia adentro porque nos hace mejores, más grandes y menos frágiles.
Y en un mundo que se acelera, que se fragmenta, que discute todo y escucha poco… ser bueno es un acto de inteligencia, no ingenua, no blanda, no decorativa, inteligencia real, la que entiende que la vida es compartida, que el dolor es contagioso, y que el bienestar también puede serlo.
La indiferencia también contagia, pero la bondad contagia más fuerte.
A veces empieza con algo mínimo: una donación, un mensaje, una mano, una mirada. Y de pronto alguien respira, y después ese alguien ayuda a otro.
Ese es el tipo de cadena que vale la pena iniciar, porque cuando el bienestar se comparte, el mundo deja de parecer una jungla… y se parece un poco más a casa.
Autor: Fabi Mesaglio
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