Hay algo que cambió y todavía no lo hemos procesado. No es una herramienta, no es un modelo nuevo, no es el último framework que apareció un martes y murió un jueves. Lo que cambió es la velocidad a la que pensamos. O, mejor dicho, la velocidad a la que podemos pensar.
Porque cuando hablamos de capacidad intelectual, tendemos a romantizar la idea del genio solitario, ese ser iluminado que conecta puntos invisibles en la oscuridad de su mente. Pero la verdad es más prosaica y más interesante: la capacidad de una persona siempre fue una función de dos variables — la calidad de la información y la velocidad de acceso a ella. Siempre. Desde la Biblioteca de Alejandría hasta la terminal de tu IDE con Copilot encendido.
Lo que pasa es que esa ecuación se rompió ahora. O, más precisamente, se expandió.
El tercer hemisferio
Tenemos dos hemisferios en el cerebro, eso lo sabemos. Uno más analítico, otro más creativo y un montón de matices que la neurociencia se encarga de recordarnos que no son tan simples como el dibujito que los resume en dos colores. Pero hoy, quieras o no, estás operando con un tercero. Un hemisferio que no es tuyo, pero que compartís con el resto de la humanidad conectada: la web, los modelos de lenguaje, los asistentes de código, las bases de conocimiento que se actualizan mientras dormís.
Ese tercer hemisferio no late con neuronas sino con tokens. No tiene sinapsis biológicas, sino conexiones a través de APIs. Y sin embargo, la persona que aprenda a integrarlo — a usarlo como una extensión natural de su pensamiento, no como un reemplazo — va a tener una ventaja que no se mide en títulos ni en certificaciones. Se mide el alcance. En la cantidad de universo que podés abarcar sin perder profundidad.
Ahora bien, acá viene la parte incómoda.
Cuando todo se mueve, quedarse quieto es retroceder
Hay una sensación que cualquiera que trabaje en tecnología conoce. Esa que te agarra un lunes a la mañana cuando abrís el feed y descubrís que entre el viernes y hoy se anunciaron tres herramientas nuevas, dos modelos que "cambian todo", un framework que deprecó al que estabas aprendiendo y una startup que levantó cien millones para hacer algo que la semana pasada no existía.
La granularidad de la información es tan fina y la velocidad de los cambios tan alta que intentar seguir el paso a paso de cada avance resulta, sencillamente, imposible. No alcanza con un día a la semana para actualizarse. La cantidad de cosas que suceden entre lunes y lunes es, cuando menos, asombrosa. Y digo "cuando menos" porque a veces resulta directamente paralizante.
Es como intentar mirar cada gota de una cascada. Podés quedarte hipnotizado por el movimiento o entender que lo importante no es la gota individual, sino la dirección del agua.
Todo está detenido alrededor
Y acá quiero detenerme en algo que me fascina. Cada vez que incorporás un nuevo concepto, cada vez que una idea entra en tu cabeza y se conecta con lo que ya sabías, tu universo interno muta. Se reescribe. No es una metáfora linda para un post: es lo que pasa.
Pensalo así: tu línea del tiempo avanza como una constante, un segundo tras otro, inevitable. Tu línea del espacio se modifica cuando te movés, cuando cambiás de contexto, de ciudad, de escritorio. Pero hay una tercera línea, la más interesante: la expansión de tu universo interno. Esa que se altera con cada nuevo ingreso de conocimiento, como una fila de dominós multidimensional, donde cada ficha que cae desencadena reacciones en direcciones que ni vos mismo podés prever.
Cada sinapsis, cada opción que evaluás, expande ese universo vivido en alguna dimensión particular. Y es ahí donde la velocidad de acceso a la información deja de ser un dato técnico y se convierte en algo casi existencial. Porque cuanto más rápido accedés a información valiosa, más rápido se expande tu capacidad para entender el mundo. Y cuanto más se expande tu comprensión, más conexiones nuevas aparecen. Es un ciclo virtuoso… o un vértigo insostenible, depende de cómo lo mires.
El foco como única estrategia viable
Séneca lo dijo hace dos mil años con una claridad que duele: "No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho." La frase aplica perfectamente a nuestra era, solo que habría que actualizarla: no es que tengamos poca información, sino que nos ahogamos en la que no importa.
Entonces, si no podemos seguir todo, ¿qué hacemos? Y acá es donde la experiencia de gestionar equipos de tecnología me enseñó algo que aplica mucho más allá del código: la única oportunidad real está en el foco.
Con todo el riesgo que eso implica. Porque elegir un camino significa, por definición, dejar otros sin recorrer. Hay tecnologías que literalmente desaparecen mientras hablamos. Lenguajes que hace dos años eran tendencia y hoy son una nota al pie. Frameworks que nacieron, brillaron y se apagaron en el tiempo que tardás en completar un curso online sobre ellos.
Nunca en la historia del programador promedio fue tan importante estar actualizado a nivel general — entender el paisaje completo, las corrientes, las tendencias — y al mismo tiempo intentar tener la punta en algún set específico. Backend, frontend, algo de base de datos, algo de DevOps... Pero con un giro fundamental: hoy, en muchos casos, lo que más hace falta no es que sepas escribir cada línea de código, sino que entiendas lo suficiente de cada tarea como para poder revisar, evaluar y corregir el código que te sugiere el asistente de IA.
Es un cambio de rol que todavía nos cuesta digerir.
Muchos en uno: la ilusión del que trabaja menos
Hay una percepción peligrosa dando vueltas: "Con IA trabajo menos". Y es falsa. Lo que pasa es distinto y mucho más interesante. Con IA no trabajás menos: abarcás más. Sos más veloz. Sos, en cierto sentido, muchos en uno solo.
Donde antes un desarrollador resolvía un problema por vez, hoy puede estar orquestando soluciones en paralelo, revisando sugerencias, validando enfoques, conectando piezas que antes requerían tres personas y una reunión de dos horas. El volumen de output creció, pero la ilusión de que fue "fácil" esconde algo fundamental: el esfuerzo se trasladó del punto de ejecución al punto de juicio.
Y el juicio — el criterio para saber si lo que la máquina te devuelve tiene sentido, si es seguro, si es elegante, si resuelve el problema correcto — eso no te lo da ningún modelo de lenguaje. Eso te lo dan la experiencia, la lectura, el haber fallado las suficientes veces como para reconocer el olor a error antes de que aparezca en producción.
De ejecutor a orquestador
Lo que estoy viendo, tanto en mi experiencia como en lo que converso con colegas, es una transición silenciosa pero profunda. El profesional de tecnología está dejando de ser un ejecutor limitado a una tarea específica para convertirse en algo más cercano a un gerente de recursos cognitivos. Un orquestador.
Necesitás llegar a más información, pero mejor filtrada. Necesitás entender más dominios, pero con la profundidad suficiente como para no ser peligroso. Necesitás salir de la trinchera de la ejecución pura para acceder a una perspectiva panorámica que te permita tomar decisiones inteligentes sobre qué hacer, qué delegar y qué descartar.
Es, si querés, la diferencia entre tocar un instrumento y dirigir una orquesta. El director no necesita ser el mejor violinista de la sala, pero necesita entender lo suficiente de cada instrumento como para saber cuándo algo suena mal. Y, sobre todo, necesita tener claro hacia dónde va la música.
El riesgo de la velocidad sin rumbo
Ahora, un caveat. Porque la velocidad sin dirección no es velocidad: es turbulencia. Y en esta carrera por integrar el tercer hemisferio, por mantenerse actualizado, por abarcar más, hay un riesgo real de confundir movimiento con progreso.
He visto profesionales brillantes quemarse intentando estar en todos los frentes. He visto equipos adoptar cinco herramientas nuevas en un trimestre y no dominar ninguna de ellas. He visto organizaciones enteras correr detrás de la última tendencia sin preguntarse primero si esa tendencia resuelve un problema que realmente tienen.
La velocidad es una ventaja cuando se tiene foco. Sin foco, es solo ruido a más alta frecuencia.
Dirigir la expansión
Vivimos en un momento en el que la información disponible supera la capacidad humana de procesamiento individual. Y eso no es una crisis, sino una oportunidad. Pero solo si entendemos que el juego cambió de reglas.
Ya no se trata de saber más que el de al lado. Se trata de pensar mejor con lo que sabés. Se trata de integrar ese tercer hemisferio sin perder los dos que ya tenías.
No vas a poder ver cada gota de la cascada. Nadie puede. Pero si dejás de perseguir gotas y empezás a leer la dirección del agua, algo cambia. Dejás de correr y empezás a navegar.
Cada concepto nuevo que entra en tu cabeza tira una ficha de ese dominó multidimensional que tenés adentro y desata reacciones en direcciones que ni vos podés anticipar. Eso no se detiene. Eso no se controla del todo. Pero se dirige.
Y dirigir esa expansión — elegir qué entra, qué descartás, dónde profundizás y de qué te alejás a tiempo — es probablemente la habilidad más importante que podés desarrollar hoy. No programar mejor. No promptear mejor. Saber qué pelea es la tuya y cuál es el ruido disfrazado de urgencia.
Al final del día, el tercer hemisferio es una herramienta extraordinaria. Pero el director de orquesta seguís siendo vos. Y una orquesta sin director no hace música: hace ruido.
Fabi Mesaglio
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