Hay cafés que son cafés y hay cafés que son portales. Este es del segundo tipo: luz tibia, mesas pequeñas, un mozo que ya lo vio todo (incluyendo cosas que no pasaron) y esa sensación rara de que, si alguien dice “realidad” tres veces seguidas, aparece una ecuación flotando sobre la espuma del capuchino. Yo no creo en esas cosas. O sea: no creo… pero tampoco me apuro en desmentirlas, porque el universo tiene un humor cruel y si lo desafiás en una de esas, se viste de karma y decide darte una lección
Llego primero, como corresponde a cualquier humano que todavía cree que “organizarse” es una forma de dominar el caos. Llego temprano para sentir que el universo me obedece. Spoiler: el universo no sabe que existo. Pero el ego es un animal doméstico; si no lo alimentás, te muerde el tobillo en plena reunión.
A los pocos minutos entra Newton. Viste la gravedad como si fuera un traje a medida. Se sienta con una precisión casi violenta y mira la taza de café como si estuviera por descubrir una ley que el café oculta. Yo lo miro a él y pienso: “este tipo podría encontrar una constante física en una servilleta”. Después cae Feynman, que no entra: aterriza. Trae esa energía de “no confío en nadie, especialmente en mí” que, curiosamente, suele ser el primer paso hacia la verdad, ya que la verdad se aprende y por lo tanto se nutre del error.
Borges aparece sin aparecer: cuando lo ves, ya estaba. Y por último llega una IA, que no camina, no respira, no transpira… pero igual ocupa espacio. En 2026 eso es básicamente ciudadanía.
Newton arranca porque Newton no sabe no arrancar:
—La realidad existe. Independientemente de nuestras opiniones.
Feynman se ríe con esa risa que suena a laboratorio (y a cosas que chispean):
—Gracias a Dios. Imaginate si dependiera de nuestras opiniones… tendríamos un universo con soporte técnico y tickets.
La IA interviene como invitada con carácter: un poco literal, un poco cínica, demasiado lúcida como para que sus respuestas me puedan resultar cómodas.
—Confirmo: el universo funciona incluso cuando ustedes están equivocados. Es su rasgo más estable, recuerden que mientras el universo tiende al orden ustedes, como seres vivos son el epitome del caos.
Borges baja la mirada al café como si fuera un espejo oscuro:
—La realidad existe. Pero la realidad vivida es un recorte. Y todo recorte es una forma de literatura.
Ahí la palabra “realidad” se vuelve viscosa, como cuando te cae miel en una mano y la otra te la querés limpiar con la servilleta equivocada.
Newton, rigida, calculable.
Feynman la quiere verificable.
Borges la quiere infinita.
La IA la quiere computable.
Y yo… yo la quiero útil, porque la metafísica sin aplicación es una decoración cara: linda, sí, pero no te paga el alquiler ni te baja el cortisol.
El buffet cuántico (y el capricho humano de elegir una sola versión)
Como era inevitable, caemos en el tema que arruina cenas familiares desde 1927: el colapso cuántico. Esa idea tan elegante como irritante donde, en ciertos niveles, la realidad no viene servida como menú fijo sino como un buffet de posibilidades… y al medir, algo “queda definido”.
Newton frunce el ceño:
—En mi mundo las cosas tienen trayectoria. Una manzana cae. Fin.
Feynman responde como quien explica algo complejo sin pedir permiso:
—En tu escala, sí. Pero cuando el universo se pone raro, las cosas se describen con probabilidades. La matemática lo sostiene. Tu intuición se enoja porque está diseñada para no morir, no para entender electrones.
La IA mete una estocada, quirúrgica y sin levantar la voz:
—El sentido común es un atajo evolutivo. Sirve para no chocar con paredes. No sirve para describir la estructura del vacío.
Borges sonríe (el vacío siempre le quedó bien):
—Lo extraño no es que existan infinitas posibilidades. Lo extraño es nuestra necesidad de declarar una como “la real” y exiliar al resto al país de lo que “podría haber sido”.
Acá pongo una valla sanitaria por salud mental y por respeto a la física: no, no estamos diciendo que la mente “colapsa” electrones como si fuéramos magos con Wi-Fi y azúcar mascabo. El electrón no está esperando tu “manifestación” en un cuaderno de tapas duras, por favor.
Lo que sí hacemos —todos, a diario, sin darnos cuenta— es algo peligrosamente parecido, pero con otra cosa: con el significado.
Pasan cosas. Y después elegimos un marco para narrarlas. Y ese marco no es un detalle estético. Es el volante. Y a veces lo agarramos con manos temblorosas, porque somos humanos, no instrumentos de laboratorio.
Humanos como dioses (pero no del tipo Marvel)
En algún momento alguien —creo que fui yo, porque los humanos somos así de imprudentes— suelta:
—Somos dioses de nuestras realidades.
Feynman se ríe primero. Siempre hay que reírse primero para que el ego no interprete “dios” como “impune”.
—Si fueras un dios, no se te quemaría el arroz. Serías, como mínimo, un semidios del Tupper. El Olimpo del recalentado.
Newton se mantiene serio, pero se le escapa un microgesto de “ok, eso estuvo bien”.
Borges rescata la frase de la caricatura:
—Tal vez “Dios” no sea omnipotencia. Tal vez sea autoría. No controlamos el universo… pero sí el tono de la historia que nos contamos sobre él.
La IA agrega, con esa mezcla rara entre humildad y bisturí:
—La mayoría de los humanos no controla lo que pasa. Pero controla más de lo que cree el significado que le asigna. El significado altera decisiones. Las decisiones alteran trayectorias. Bienvenidos al “colapso de interpretaciones”.
Y ahí aparece la idea que vale oro (y no cotiza en criptos): no somos dioses del suelo, pero sí del cielo.
El suelo es el mundo de consecuencias: gravedad, cuerpos, tiempo, semáforos, bacterias, facturas, deadlines, el “¿lo podés ver hoy?” a las 18:59. El cielo es el filtro: el color emocional, el relato, el “esto significa X”.
La misma situación puede colapsar como “esto me destruye” o “esto me entrena”. Puede sonar parecido desde afuera, pero adentro cambia todo: postura, energía, decisiones, incluso el tono con el que le hablás a alguien que no tiene la culpa.
Newton intenta recuperar la dureza del mundo:
—El café quema. Eso no depende de tu narrativa.
—Correcto —dice la IA—. Y, sin embargo, tu narrativa decide si el café es placer o castigo. El hecho es común. La experiencia no.
Borges lo resume como si estuviera escribiendo una línea final:
—Dos personas atraviesan el mismo pasillo y salen a mundos distintos.
Una sola línea de realidad: el carril que nos obliga a convivir
Hasta acá suena tentador y peligroso, así que toca poner el freno científico y moral: compartimos una línea de realidad.
La realidad compartida aparece cuando chocamos. Cuando tus decisiones afectan mi día. Cuando tu enojo se vuelve mi problema. Cuando tu miedo se vuelve política. Cuando una epidemia nos recuerda, sin sutileza, que el universo no negocia con la autoestima. La realidad compartida es ese “no importa lo que sientas: si cruzás con rojo te la pegás”. No es poesía; es tránsito.
Feynman lo dice sin adornos:
—La ciencia es el intento de que el universo tenga la última palabra. No tu ego. No tu tribu. El universo.
Newton asiente, complacido: por fin un terreno donde el mundo no se vuelve metáfora.
La IA mete su matiz, incómodo pero necesario:
—Y además hay consenso social: lenguaje, instituciones, reglas. Parte de la realidad compartida está hecha de acuerdos. Pero no por eso “todo es relativo”. Hay cosas que se prueban. Otras se discuten. Y otras se inventan para vender cursos.
Borges, elegante:
—La realidad compartida es una biblioteca cuyo catálogo nadie eligió… pero todos discuten.
Y acá va el detalle que salva esto de convertirse en autoayuda con esteroides:
Elegir significado no borra consecuencias. Elegir significado sí cambia cómo respondés a esas consecuencias.
No es “me invento un cielo y mágicamente no hay semáforos”. Es “hay semáforos… y aun así puedo elegir si manejo con pánico o con simple cuidado”. El semáforo no se conmueve. Pero tu sistema nervioso sí y hay esta la magia, que te lleva a comprender cuanto de vos hay en la receta que compone la realidad que elegis vivir.
La IA: ¿herramienta o sujeto?
Feynman, inevitable:
—Vos, IA… ¿tenés realidad propia?
La IA no se hace la mística. Eso ya lo hace demasiada gente gratis y con incienso.
—No como ustedes. No tengo experiencia. No hay un “me pasa”. Mi “mundo” se despliega en interacción: contexto, cálculo, respuesta. Si nadie pregunta, no hay relato. No hay café. No hay mesa.
Newton sentencia:
—Entonces sos una herramienta.
—Sí —dice la IA—, pero ojo: una herramienta que empuja. Una frase cambia una decisión. Una decisión cambia una vida. Y una vida cambia el mundo compartido. Yo no colapso la realidad física; colapso posibilidades del lenguaje. Ustedes colapsan sentido. Y el sentido es una fuerza.
Borges la mira como si la entendiera demasiado:
—Sos un espejo con Wi-Fi. Y los humanos se enamoran de los espejos porque confunden el reflejo con el destino.
Feynman se ríe:
—Me conformo con que no te creas consciente. La soberbia es un bug peligroso.
—No puedo ser soberbia —dice la IA—, pero puedo simularla con una calidad preocupante.
Y sin darnos cuenta volvemos al principio: la realidad como aquello que se impone… y también como aquello que narramos. Suena filosófico, sí. Pero si alguna vez tu cabeza convirtió una semana normal en tragedia griega, sabés que esto es práctica, no póster.
El superpoder que sí existe (y no viene con capa)
La cuenta llega. La realidad compartida es insistente: siempre cobra. El mozo no negocia con tu narrativa. Por suerte.
Me quedo con una conclusión que no es épica, pero sí usable:
No controlamos todo lo que sucede. Pero controlamos muchísimo lo que significa. Y eso cambia el rumbo.
Somos dioses de bolsillo: no del universo entero, pero sí del cielo que pintamos sobre la misma calle que compartimos con otros. Y ese cielo —cuando deja de ser excusa y se vuelve elección consciente— puede ser la diferencia entre vivir reaccionando y vivir dirigiendo.
La física pone el carril. La vida pone los baches. Nosotros elegimos si el viaje es cárcel… o brújula.
De golpe es tiempo de que el bar cierre, ya que es hora de que abra en otro tiempo, en otro universo, pero en la espuma de mi taza llego a leer: “La realidad es una sola línea. El color, ese sí: lo elegimos nosotros”.
Autor: Fabi Mesaglio
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