domingo, 4 de enero de 2026

El arte de caer hacia adelante (o por qué el plan siempre debería simple)




Nos pasamos la vida buscando el mapa, cuando lo único que necesitamos es animarnos a perder el equilibrio.

Existe una ironía cruel en la condición humana: somos adictos a complicarnos la vida. Nos fascina creer que, para avanzar, necesitamos certezas absolutas, garantías firmadas ante escribano y un pronóstico del tiempo extendido a diez años. Nos paralizamos esperando el momento perfecto, la señal divina o, peor aún, que desaparezca el miedo.

Pero si nos detenemos un segundo a observar la mecánica de la realidad —esa vieja mañosa que siempre tiene la última palabra—, descubrimos una verdad que incomoda por su sencillez: el plan debería ser simple.

El plan no requiere de bibliotecas enteras de autoayuda ni de fórmulas magistrales. El plan solo pide un acto de valentía física y mental.

La física del coraje

Pensalo un segundo. Caminar, ese acto banal que damos por sentado, es, en realidad, un desafío a la física. Como escribí alguna vez:

"El primer paso es el único que necesita de nuestra intervención consciente... es ese instante en el que debemos meditar, en el que tenemos que poner en la balanza los pros y contras de todo plan, elegir la dirección a tomar, inclinar el cuerpo, levantar la rodilla, estirar la pierna dominante hacia el destino y dejarnos caer en ese pequeño vacío que nos ofrece la gravedad".

Ahí está el secreto. Caminar es, técnicamente, caerse. Es perder el equilibrio a propósito y confiar ciegamente en que vas a ser capaz de atajarte a vos mismo antes de dar con la cara en el suelo.

Ese primer paso es el umbral. Es el único momento donde tu voluntad tiene que pelear a capa y espada contra ese instinto conservador que te grita: "Che, quedate acá, que en la quietud no pasa nada malo". Y tiene razón, en la quietud no pasa nada malo, pero tampoco pasa nada bueno. Simplemente, no pasa nada.

Una vez que rompés la inercia, sucede algo maravilloso: los pasos subsiguientes ya no requieren de esa decisión agónica. Se convierten en un simple encadenado de hitos resueltos en dirección a una meta, gestionados por un inconsciente que entiende una sola regla sagrada: ya no hay forma de volver atrás.

La ilusión del camino recto

Una vez que te lanzaste a ese pequeño vacío, el escenario cambió. Así, armados con nuestros conocimientos y un plan, nos dirigimos en pos de la aventura, partiendo de costas conocidas hacia otras más inciertas.

Y acá es donde nos encontramos con la trampa. Nos han vendido la idea de que la vida es una autopista recta, iluminada y sin baches. Pero la realidad se parece más a un sendero de montaña mal señalizado. Nos cruzamos con una ignota variedad de opciones. Tentaciones, desvíos, espejismos. Están ahí con el único propósito de probarnos, de distraernos o de enfocarnos en lo que realmente deseamos.

Lo vertiginoso es mirar por el espejo retrovisor y darse cuenta de que no hay caminos ni líneas rectas detrás de nosotros, solo hay una senda unificada que desaparece al ritmo en que perdemos recuerdos.

Lo que hiciste ayer ya pasó. La nostalgia es un lujo costoso. Solo existe el paso que estás dando ahora y que frente a nosotros se despliega una incalculable cantidad de posibilidades que colapsarán en una realidad tan solo ante nuestra atención y selección.

Colapsando la realidad

Sabía decir Lao Tse que "el camino simplemente es", y que no cambia por nadie ni por nada, y que a nosotros, simples mortales, no nos queda otra que adaptarnos a sus curvas. El camino es indiferente a tus deseos, pero es totalmente receptivo a tu atención.

Me gusta pensar en esto casi como una cuestión cuántica, pero aplicada a la vida cotidiana. Cuando digo que "colapsamos la realidad al observarla", no hablo de magia. Hablo de comprensión.

Hablo de mirar el caos que nos rodea no para intentar domarlo —misión imposible—, sino para comprenderlo, de modo que podamos adaptarnos al camino lo suficiente como para hacer mejor nuestro propio viaje.

El camino lo contiene todo. Es el universo que decidimos habitar. Si decidís ver hostilidad, vas a encontrar guerra. Si decidís ver oportunidad, vas a encontrar puertas abiertas. Vos sos el dueño de tu futuro no porque controles el clima, sino porque controlás cómo ajustás las velas.

Dejate caer

Al final del día, todo se reduce a ese instante de pura consciencia. Ese momento en que traducimos el pensamiento en acción, la voluntad en realidad.

Quizás hoy estés parado ante una decisión que te quita el sueño. Un cambio de vida, un proyecto personal, un "te quiero" que no te animás a decir, o un perdón que no te animás a pedir. Seguramente estás analizando los pros y los contras hasta el cansancio.

Mi consejo, con la ironía de quien se ha tropezado mil veces: el análisis excesivo es el refugio de los cobardes.

El plan es simple. Incliná el cuerpo. Levantá la rodilla. Y dejate caer hacia tu destino.

Como decía Séneca: "No es que no nos atrevemos porque las cosas son difíciles; son difíciles porque no nos atrevemos".

El primer paso es el único que cuesta. El resto es simplemente vivir.

Autor: Fabi Mesaglio


No hay comentarios:

Publicar un comentario

El arte de caer hacia adelante (o por qué el plan siempre debería simple)

Nos pasamos la vida buscando el mapa, cuando lo único que necesitamos es animarnos a perder el equilibrio. Existe una ironía cruel en la con...