domingo, 5 de abril de 2026

Entra ticket, sale ticket… felicidad

 



La alegría simple que perdimos mientras crecíamos exponencialmente

Había una época — y no hace tanto, no me vengan con nostalgia de viejo — en la que un tipo de sistemas se sentaba frente a la pantalla, veía la cola de tickets, agarraba uno y el mundo tenía sentido.

Entra ticket. Lo leés. Lo entendés. Lo resolvís. Lo entregás. Te lo aprueban.

Felicidad.

Así, sin filosofía. Sin frameworks de bienestar corporativo ni retiros de mindfulness pagados por la empresa. Una felicidad chiquita, concreta, que te cabía en el pecho entre el segundo y el tercer mate de la mañana. El ticket era un problema. Vos eras la solución. Y cuando el ciclo cerraba, había algo que se parecía mucho a la paz.

A veces, incluso, te excedías. Hacías algo más allá del simple deber. Le metías una mejora que nadie te había pedido, un toque extra que solo vos sabías que estaba ahí. Y eso no figuraba en ningún KPI, pero te llenaba de una satisfacción que ningún dashboard te iba a dar nunca. Porque no era mérito cuantificable — era orgullo artesanal. El del carpintero que lija una parte del mueble que nadie va a ver, porque él sabe que está ahí.

Richard Sennett lo dijo mejor que yo: el artesano encuentra su identidad en la relación directa con lo que hace. No en el reconocimiento. No en el resultado visible. En el hacer mismo. Eso éramos. Artesanos con tickets en vez de madera.

Ese lugar era un espacio donde la complejidad del mundo se reducía a cuatro pasos y una sonrisa interna.

Ese lugar, ya no existe.

Hablo con gente de sistemas todo el tiempo. Managers, desarrolladores, gente de infraestructura, líderes técnicos. Y hay un denominador común que aparece en todas las conversaciones, dicho de formas distintas pero con la misma vibración de fondo: no encuentran dónde obtener paz.

No digo paz existencial, no me pongo místico. Digo esa tranquilidad funcional de saber que hiciste algo, que está hecho, que cerró. Esa sensación de completitud que el ciclo del ticket te regalaba sin que se lo pidieras.

Hoy tenemos herramientas que hacen una cantidad de cosas que habrían parecido ciencia ficción hace cinco años. Automatizamos. Delegamos a modelos de lenguaje. Generamos código, documentación, tests, respuestas a clientes, análisis de logs. Todo más rápido. Todo más eficiente. Todo más… vacío.

Porque la herramienta resuelve, pero no cierra.

Thoreau lo vio venir hace casi dos siglos: los hombres se convirtieron en herramientas de sus herramientas. Y el tipo no tenía ni Wi-Fi.

Y ahí está la trampa.

Dejame ponerlo en términos que cualquiera en sistemas entiende. Antes tenías un problema con bordes definidos. Llegaba con forma de ticket, tenía un número, una prioridad, un responsable, y — lo más importante — tenía un final. Lo resolvías y se terminaba. Existía un punto claro en el que podías decir: listo, esto está hecho. Y tu cerebro podía soltar.

Ahora el problema no tiene bordes. Llega como un ticket, sí, pero detrás de ese ticket hay una integración con tres servicios que cambiaron su API la semana pasada, un modelo de IA que hay que reentrenar porque los datos del último trimestre corrieron el sesgo, un pipeline que alguien automatizó con una herramienta que ya deprecaron, y una expectativa del negocio de que todo eso se resuelva en un sprint porque "total, ahora tienen IA".

El ticket ya no es un ticket. Es una puerta que da a un pasillo que da a otro pasillo que da a una habitación sin ventanas donde alguien dejó una nota que dice: "ver ticket relacionado #4782".

No hay cierre. No hay final. No hay momento de felicidad.

Y acá es donde la cosa se pone interesante, porque no estamos hablando de un problema técnico. Estamos hablando de un problema humano disfrazado de evolución tecnológica.

La dicotomía es esta: nos piden crecer de forma exponencial. Aprender más rápido, adaptarnos más rápido, producir más rápido. Alimentar una fuente de conocimiento que se retroalimenta con cada consulta, que se satura de información nueva cada día, que muta mientras la estás usando. Y al mismo tiempo, seguimos siendo los mismos seres humanos que necesitan sentir que algo se completó para poder dormir tranquilos.

No evolucionamos a la velocidad de las herramientas. Y nadie nos avisó que eso iba a ser un problema.

Kundera escribió que la velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica le regaló al hombre. Pero se olvidó de aclarar que ese éxtasis tiene un costo: cuando todo va rápido, nada pesa. Y cuando nada pesa, nada importa.

A ver, que quede claro, yo no estoy en contra del progreso. Sería absurdo. Uso IA todos los días, me facilita cosas que antes me llevaban horas, y no voy a hacerme el purista. Pero hay algo que las métricas de productividad no capturan: la distancia entre lo que hacemos y lo que sentimos que hicimos. Esa distancia se está agrandando. Y cuando se agranda demasiado, la gente no renuncia por plata ni por carga horaria. Renuncia porque un día se levanta y no puede explicar para qué va a trabajar.

El resultado es una generación entera de profesionales de tecnología que son objetivamente más productivos que nunca y subjetivamente más insatisfechos que nunca. Que hacen más y sienten menos. Que resuelven cosas increíbles y no tienen dónde quedarse a disfrutarlo, porque el siguiente ticket, la siguiente iteración, la siguiente urgencia, ya está esperando.

Sería fácil decir que la solución es volver al modelo anterior. Dejar las herramientas, apagar la IA, volver a los cuatro pasos del ticket y al mate en paz. Pero no soy ingenuo, y vos tampoco. Eso no va a pasar. Ni debería.

Lo que sí podemos hacer — y acá me pongo el sombrero de manager — es reconocer que la necesidad de cierre no es debilidad. Es diseño humano.

Nietzsche decía que quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo. Frankl lo vivió en carne propia y lo confirmó. Bueno, acá pasa lo mismo: tu equipo puede bancarse la complejidad, la ambigüedad, el cambio constante — siempre y cuando tenga momentos donde sienta que lo que hace tiene un final y un sentido.

Necesitamos momentos de "listo". No al final de un proyecto de seis meses, no en la retrospectiva del sprint, no en el review anual. Los necesitamos todos los días. Necesitamos poder mirar algo y decir: esto lo hice yo, está terminado, funciona, puedo soltarlo.

Si liderás un equipo, tu trabajo ya no es solo asignar tareas y medir resultados. Tu trabajo es diseñar momentos de completitud dentro de un flujo que, por definición, nunca se completa. Suena contradictorio, y lo es. Pero los mejores managers que conozco — los que todavía tienen equipos motivados en 2026 — son los que entendieron que la gente necesita ganar batallas chicas para bancarse la guerra larga.

Un deploy limpio que se celebra. Un bug complejo que se resuelve y alguien dice "bien hecho" en voz alta, no en un emoji en Slack. Un espacio en la semana donde se muestra lo que se construyó, no lo que falta. Esas cosas no aparecen en ningún manual de gestión ágil, pero son las que evitan que tu equipo se apague como una vela a la que nadie le presta atención.

La IA no nos sacó el trabajo. Nos sacó el ritual.

Nos sacó ese momento sagrado, casi íntimo, de tomar un problema, entenderlo con las manos, darle forma, resolverlo, y sentir que algo del mundo mejoró — aunque sea un poquito, aunque sea un ticket de prioridad baja que nadie más iba a notar.

Ese momento no era un bug del sistema anterior. Era la feature principal.

Camus decía que hay que imaginarse a Sísifo feliz. La piedra sube, la piedra baja, y la felicidad está en el esfuerzo, no en la cima. Nosotros teníamos nuestro propio Sísifo: el ticket subía, el ticket bajaba, y en ese ciclo ridículamente simple encontrábamos algo que se parecía mucho a un propósito. La diferencia es que ahora alguien automatizó la piedra y a Sísifo le dijeron que se dedique a "tareas de mayor valor estratégico".

Y si no encontramos la forma de reconstruirlo — adaptado, sí, distinto, seguro, pero reconstruirlo — vamos a tener las herramientas más poderosas de la historia operadas por gente que ya no recuerda por qué le gustaba esto.

Porque al final, la tecnología siempre fue una excusa. Lo que nos enganchó de verdad no fue el código, ni el servidor, ni la arquitectura. Fue esa sensación de que podíamos agarrar el caos, darle forma, y devolverlo convertido en algo funcional. Eso no tiene versión, no se depreca, no se reemplaza con un modelo nuevo.

¿Cuándo fue la última vez que resolviste algo y te quedaste un segundo ahí, disfrutándolo, antes de pasar al siguiente ticket?

Autor: Fabi Mesaglio


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