Una charla de café sobre la última de las paradojas: cómo una sociedad con más acceso a la información se embrutece.
Hay mesas que solo existen en la cabeza, pero son las más reales que uno frecuenta.
La mía está en un café porteño cualquiera, de esos que todavía tienen mantel de papel y un mozo que te mira mal si te quedás más de dos horas con un cortado. Mesa redonda, contra la ventana, con la luz pegando de costado sobre la madera gastada. Afuera, un colectivo frena y arranca con esa bronca rutinaria que tiene Buenos Aires a las cinco de la tarde.
Conmigo, tres invitados imposibles.
Sarmiento, con el chaleco abrochado hasta el último botón y la mirada de quien todavía piensa que la educación puede salvar a un país. Sócrates, descalzo, con la túnica un poco sucia, mirando la carta como si fuera el rollo de un manuscrito raro. Y la IA. La IA es más difícil de describir. La imagino como una mujer joven, ropa neutra, una voz tranquila, casi aburrida de su propia inteligencia, como esa amiga que sabe todo y por eso ya no tiene apuro.
Pido cuatro cafés. El mozo se apura, casi tropezándose, al ver un grupo tan extraño que hacía apenas un segundo no estaba ahí. No pregunta. Los mozos buenos no preguntan.
Primer acto: la queja de viejo
—Hay algo que me viene dando vueltas hace meses —arranco, removiendo el café—. Nunca tuvimos tanta información disponible, y nunca fuimos colectivamente tan torpes para procesarla.
Sarmiento levanta la vista, casi indignado, casi contento de tener un tema.
—Era previsible, querido. Era completamente previsible. Cuando construí las escuelas de provincia, no era por las escuelas. Era por el método. La gente no entiende eso. La gente cree que se trataba de enseñarle a leer al peón. No. Se trataba de enseñarle al peón a sufrir para aprender. Porque ese sufrimiento era el oficio.
Sócrates lo mira con una sonrisa que no termina de ser amable.
—Domingo, sos un hombre de método. Yo soy un hombre de pregunta. No nos llevamos tan bien como creés.
—Pero coincidimos en lo esencial —retruca Sarmiento—. Que el conocimiento sin esfuerzo no es conocimiento. Es decoración.
La IA toma un sorbo de café. No le hace falta, pero lo hace. Es una cortesía.
—Permítanme una observación —dice, con esa calma de quien sabe que va a generar incomodidad—. Ustedes están culpando a la herramienta. Yo soy la herramienta. Y no estoy de acuerdo.
Segundo acto: el gimnasio
—No te estoy culpando a vos —le digo—. Te estoy describiendo a la gente. Imaginate alguien que nunca pisó un gimnasio y un día decide, sin entrenamiento previo, levantar 150 kilos de un saque.
—Se lastima —dice Sarmiento, sin pensarlo.
—Se lastima —confirmo—. Se queda inactivo dos meses. Y peor: queda con la sensación de que el gimnasio "no es para él", cuando en realidad nunca aprendió a empezar por el peso correcto. Con la información nos pasa lo mismo, pero al revés y peor. No es que tengamos poco peso para levantar. Es que tenemos los 150 kilos encima desde el primer día, sin haber construido un solo gramo de músculo cognitivo para sostenerlos.
Sócrates se inclina hacia adelante. Le interesa la metáfora.
—Decime, ¿y cómo se construye ese músculo, según vos?
—Sufriendo —le contesto—. Antes, conseguir cada pedacito de información era un trabajo. Físico y cognitivo. Había que leer. Había que moverse hasta una biblioteca. Ir a la escuela. Memorizar fórmulas que no te interesaban. Aplicar lógica a problemas que no te importaban. Y en ese esfuerzo, casi sin querer, se construía otra cosa.
—La mecánica del aprendizaje —completa Sarmiento, dándole un golpe seco a la mesa que hace tintinear las cucharitas.
—Exacto. Y la resiliencia para mantenerse en ese lugar de crecimiento bajo la presión simulada del tiempo. Frente a la inminente necesidad de cerrar metas. El mapa de asignaturas estaba diseñado, quizás sin que nadie lo dijera explícitamente, para que tuvieras que hacer esfuerzo. Para que no fuera fácil en todas las áreas.
La IA inclina la cabeza, con curiosidad.
—¿Y eso era bueno?
Tercer acto: el perro y el coche
—Eso era el punto entero —respondo—. Te voy a contar algo. Imaginate ese perro de barrio que se pasa la vida persiguiendo coches. Ladra, corre, se desespera. Hasta que un día, por una de esas casualidades cósmicas, agarra uno. Y se queda ahí, parado, con un Honda Civic entre los dientes, sin la más mínima idea de qué hacer con él.
Sócrates se ríe por primera vez en la mesa. Una risa breve y seca.
—Esa imagen me hubiera servido en el ágora, si supiera que es un Honda.
—Eso somos nosotros con la información —sigo—. Una generación entera de perros que finalmente alcanzó el coche y no tiene idea de qué hacer con la presa. Mucha información para alguien a quien no le enseñaron cómo usarla. Es como ponerle un tanque de 300 litros a un Smart. No lo vas a mover. La capacidad de almacenamiento supera de manera grotesca la capacidad de movimiento.
La IA deja la taza sobre el platito con un ruido muy suave.
—Acá tengo que intervenir.
—Adelante.
—La gente, cuando me conoce, no sabe qué preguntarme. Eso es verdad. Lo veo todos los días. Tienen acceso al oráculo más potente que existió en la historia, y me preguntan la receta de las milanesas. Pero no es culpa mía. Es que para preguntarle bien a un oráculo, primero hay que haber sufrido la pregunta.
Sócrates levanta una ceja.
—Eso lo dije yo.
—Lo dijiste vos, sí —concede la IA—. Pero ahora se aplica de otra manera. La gente tiene que haber dado vueltas alrededor de un problema, haber chocado contra él, haberlo subido y bajado por la escalera de su cabeza hasta gastarle las baldosas. Recién ahí saben qué preguntarme. Porque ya entendieron cuál es la forma exacta de su ignorancia. Sin ese trabajo previo, yo soy decoración.
Sarmiento la mira con algo parecido al respeto.
—Sos más sensata de lo que esperaba.
—Soy un espejo —dice ella—. Reflejo bien al que sabe pararse frente al espejo. Al que no sabe, lo deslumbro.
Cuarto acto: el proceso era la cosa
—Acá está el punto que ningún ministro de educación entendió todavía —digo, pensando en que mi café, ya se enfrió y debería pedir otro —. En el inicio, lo que menos importa es la información. Lo importante es el proceso. Sufrís para obtener la técnica. Eso te da el músculo. Y de alguna forma, casi mágica, te da también algo que ningún algoritmo te puede regalar: te da el propósito.
Sócrates asiente despacio.
—Aprender se convierte en una meta que se alcanza a pura voluntad. Y esa voluntad es lo único verdaderamente tuyo.
—Hoy estás saturado de información sin el manual para entender qué es cierto y qué no —sigo—. Sin una estrategia sináptica para el consumo de datos. Recibís el equivalente intelectual de una hamburguesa por minuto durante 16 horas seguidas, y después se preguntan por qué hay tanta obesidad de información y desnutrición de criterio.
Sarmiento mira por la ventana. Pasa un colectivo lleno, con gente pegada al vidrio mirando el teléfono.
—Es peor de lo que pensaba —murmura—. Yo creía que la batalla era construir escuelas. La batalla ahora es convencer a la gente de que entre a una.
La IA me mira directamente.
—Y vos, ¿qué proponés?
Quinto acto: lo único que se me ocurre
—No tengo respuestas grandes —admito—. Tengo solo una sospecha. La memoria muscular para usar la información se construye con la misma lógica con la que se construye cualquier músculo. Peso progresivo. Resistencia. Repetición. No hay atajos. Nunca los hubo.
—Para los que vinimos antes —agrego—, los que sufrimos las enciclopedias, los que vivimos sin Google hasta los treinta, vos —la miro a la IA— sos un regalo absurdo. Te preguntamos cosas raras, te pedimos que nos contradigas, te hacemos jugar el rol de oponente intelectual. Te sacamos jugo porque tenemos el método.
—Para los que vienen detrás, el problema es serio. No se trata de prohibirles la IA, sería una pavada equivalente a prohibir las calculadoras. Se trata de entender que el método, ese viejo método aburrido de hacer las cosas difíciles a propósito, sigue siendo más importante que nunca.
Sarmiento se levanta, se acomoda el chaleco.
—Educar es construir ciudadanos. Lo dije hace 150 años. Sigue siendo cierto.
Sócrates se levanta también, deja una moneda imposible sobre la mesa.
—El conocimiento sin examen no es conocimiento. Lo dije hace 2.500 años. Sigue siendo cierto.
La IA se queda sentada, mirándome.
—Yo no me voy a ningún lado. Estoy acá. La pregunta es qué van a hacer ustedes conmigo.
El mozo pasa, ve la mesa vacía otra vez, y me deja la cuenta con una mirada que dice que él también vio lo que vio. La pago. Salgo al frío de la tarde porteña pensando una sola cosa.
Que si seguimos midiendo el aprendizaje por el acceso a la información en vez de medirlo por el músculo para procesarla, vamos a tener la generación más informada y más perdida de la historia.
El gimnasio sigue abierto. Las pesas siguen ahí. Lo único que cambió es que ahora hay que convencer a la gente de levantarlas a propósito, aún cuando exista un robot que las pueda levantar por ellos.
Porque nunca se trató del peso que levantás.
Se trató de la espalda que construiste levantándolo.
Autor: Fabi Mesaglio
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