Un jefe que tuve hace años tenía el organigrama del área impreso y pegado atrás del monitor. Cajitas, líneas, nombres. Cada tanto lo despegaba, tachaba a alguien con birome, escribía otro nombre arriba y lo volvía a pegar torcido.
Ese papel tenía cinco años.
En esos cinco años cambiamos el stack tres veces, migramos a la nube y adoptamos y abandonamos dos metodologías. El papel seguía ahí. Torcido, pero ahí.
Y no era un vago. Es que nadie le había dicho nunca que eso también se refactoriza.
Cada vez que aparece una tecnología nueva cambiamos frameworks, procesos, lenguajes, plataformas. Hoy discutimos qué modelo usar, qué asistente rinde más, cuánto código genera, a cuánta gente reemplaza. Preguntas válidas, todas.
Casi nunca preguntamos si la forma de la empresa sigue teniendo sentido.
Con la IA está pasando lo mismo, con una diferencia: esta vez el desfasaje sale carísimo.
Porque el costo de producir software se derrumbó. El costo de tomar una mala decisión, no.
Y cuando esas dos curvas se separan, el organigrama que te servía deja de servirte.
Para qué estaban las capas
Las organizaciones no acumularon niveles por vanidad. Los acumularon para resolver un problema concreto: coordinar gente que producía despacio.
Mintzberg le puso nombre a eso hace cuarenta años. La línea media: la franja de mandos que existe para traducir la estrategia hacia abajo y el estado hacia arriba. La capa que convierte "queremos crecer en la región" en catorce tickets, y catorce tickets en una slide verde.
Ese diseño funcionaba porque producir era caro. Si una funcionalidad te demandaba tres semanas, tenía todo el sentido del mundo pagarle a alguien para que sincronizara esas tres semanas con las otras cuatro que corrían en paralelo.
Hoy esa funcionalidad sale en dos días.
La coordinación sigue costando lo mismo. La producción, no. Y la línea media, que se justificaba por la relación entre las dos, quedó con la cuenta abierta.
El error también se aceleró
En los últimos meses vi desarrolladores multiplicar lo que producen de formas que hace dos años eran ciencia ficción. Features enteras, tests, documentación, refactors, análisis. Cosas de horas resueltas en minutos.
Y vi algo que me interesó bastante más.
Te van a decir que la IA emparejó la cancha entre juniors y seniors. En parte es cierto, y conviene concederlo antes de que te acusen de nostálgico: un pibe con seis meses de experiencia hoy entrega en dos horas lo que antes le llevaba tres días. La brecha de ejecución se comprimió, y se comprimió en serio.
Lo que no se comprimió es la otra brecha.
Ese mismo pibe mete una decisión de diseño que dentro de seis meses te cuesta dos sprints. Siempre las metió. La diferencia es que ahora las mete cinco veces más rápido, con los tests en verde, la documentación prolija y un pull request impecable.
Ahí está lo que casi nadie escribe: no se aceleró solamente la entrega.
Se aceleró el error.
Y un error prolijo, testeado y documentado es muchísimo más difícil de encontrar que uno berreta.
El cuello de botella se mudó. Dejó de estar en la implementación y se mudó a la calidad de las decisiones. Y las decisiones, por ahora, no se promptean.
El regreso del Tech Lead
Hace unos años buena parte de la industria empezó a borrar el Tech Lead del organigrama. La intención era buena: menos jerarquía, equipos más autónomos, evitar el puesto que termina siendo un manager junior con permisos de git.
En algunos lugares funcionó.
En otros, lo que desapareció fue el único puente que había entre la estrategia técnica y la gente que escribe el código.
Y ahora resulta que la empresa aumentada por IA lo necesita de vuelta. No igual: redefinido.
El Tech Lead que vuelve no es el que más produce ni el que revisa pull requests todo el día. Eso, en parte, ya lo hace una máquina. Es el que tiene suficiente espalda técnica para bancarse una decisión difícil y suficiente oficio humano para que el equipo aprenda a tomarla.
Es el que ve el patrón antes de que tenga nombre de deuda técnica.
Es el que se sienta al lado de alguien y le explica por qué esa solución que funciona hoy le va a doler en marzo.
Es el que transmite criterio.
Y el criterio tiene un problema logístico serio: no se descarga, no se compra y no escala solo. Se contagia. De a poco, mirando a alguien decidir y preguntándole por qué.
Por eso vuelve el rol. Porque es el único vector de contagio que tenemos.
Lo que desaparece
La IA no va a eliminar desarrolladores. Va a eliminar tareas, que es otra cosa.
Lo que sí va a eliminar —y acá me la juego— son los puestos cuyo valor era compilar estado.
El que junta el avance de cuatro equipos y lo convierte en una slide. El que traduce hacia arriba lo que ya está escrito en el board. El que corre el status meeting para enterarse de algo que el dashboard actualizó hace seis horas.
Ese trabajo tenía sentido cuando mover información era caro. Hoy es gratis.
Cuando el estado es visible para todos y en tiempo real, la capa intermedia tiene que justificarse con algo más que control. Y hay una sola cosa que la justifica: decidir.
El liderazgo basado en supervisión se devalúa. El basado en criterio se dispara.
La forma que tendría
Si tuviera que dibujar hoy un área de tecnología, no arrancaría por las cajitas. Arrancaría por otra pregunta: cuántas decisiones por semana necesita tomar esta área, y de qué calidad tienen que ser.
Pero si me obligás a dibujar cajitas, la forma sería más o menos esta.
Antes: un Head, tres Engineering Managers, treinta desarrolladores. Diez personas por manager.
Ahora: un Head, cuatro Tech Leads, dieciséis desarrolladores. Cuatro personas por lead.
Leelo de nuevo, porque la trampa está ahí. Bajé casi cuarenta por ciento el headcount y sumé un líder.
No es un error de cuentas. Es la tesis entera en dos renglones. Si lo escaso dejó de ser la capacidad de producir y pasó a ser la calidad de las decisiones, invertís donde está la escasez. Menos manos, más criterio por decisión.
El Head deja de administrar personas y pasa a sincronizar capacidades. Su trabajo no es saber en qué anda cada uno: es traducir estrategia en decisiones técnicas, resolver conflictos de prioridad, sostener el estándar de calidad y, sobre todo, decidir qué no se hace.
Porque cuando construir sale barato, el riesgo grande ya no es no llegar.
Es llegar rapidísimo a un lugar equivocado.
Lo único que no se commoditiza
Todas las empresas van a tener los mismos modelos. Las herramientas se emparejan solas, es cuestión de meses.
Lo que no se empareja es cómo una organización aprende, cómo reparte criterio y cómo convierte una estrategia en algo que efectivamente pasa.
Así que la pregunta que deja esta etapa no es qué IA vas a usar.
Es si vas a seguir resolviendo los problemas de 2026 con un organigrama de 2016.
Lo que no me cierra
Hasta acá el argumento cierra lindo y me deja bien parado. Así que lo rompo yo antes de que lo rompan ustedes.
Menos capas significa menos escalones.
¿Adónde va el de veintiocho que quiere crecer? En el organigrama viejo tenía siete casilleros por delante y un ascenso posible cada dos años, aunque la mitad de esos casilleros fuera puro título. En el que estoy proponiendo tiene tres.
Se puede contestar que la carrera ahora es horizontal, que se crece en alcance y no en nivel, que la escalera técnica corre en paralelo a la de gestión. Todo eso es cierto y ya lo dijimos.
Pero ninguna de esas respuestas se cobra a fin de mes, ni se cuenta cómodo en un asado familiar.
No la tengo resuelta.
Lo que sí sé es que el organigrama viejo tampoco la resolvía. Solamente la escondía mejor. Siete casilleros, la mitad de mentira, un ascenso cada dos años que muchas veces era un título nuevo y el mismo trabajo.
La IA no rompió esa promesa. La dejó a la vista.
Y hay una segunda parte, que me gusta todavía menos.
Ese Head que vengo describiendo no lo comprás afuera.
Podés contratar a alguien con veinte años encima, con un CV impecable y cicatrices de tres empresas. Va a tardar igual. Porque el criterio no es una habilidad general que viaja en la valija: es una función de la información. Decidir bien acá significa saber qué se intentó hace dos años y por qué salió mal, qué cliente se va si tocás ese módulo, cuál de los equipos dice que sí y después no entrega, dónde está enterrado el cable que nadie documentó.
Nada de eso está en el onboarding. Casi nada está escrito en ningún lado.
Se adquiere estando. Mirando decidir a otro y equivocándose en chico un rato antes de tener que decidir en grande.
Y ahí se cierra la trampa. El organigrama viejo mentía con los títulos, pero mientras mentía fabricaba criterio. Lento, caro y con la mitad de los casilleros de adorno, pero lo fabricaba: cada escalón era alguien practicando decisiones de un tamaño que todavía no lo mataba.
El modelo que estoy proponiendo es más barato, más rápido y más chato.
Y no tiene ninguna respuesta clara para de dónde va a sacar, dentro de cinco años, a la gente que hoy pienso poner al frente.
El primero que invente algo que reemplace esa promesa —una forma de crecer que no dependa de que arriba tuyo haya una silla vacía, y que además siga fabricando criterio— se va a quedar con los mejores durante la próxima década.
Yo todavía no la tengo.
Pero por lo menos dejamos de discutir qué modelo usar.
Autor: Fabi Mesaglio


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