domingo, 6 de septiembre de 2026

Entre quemados y tontos

 


Hay una escena que se repite hoy en casi cualquier oficina: alguien frente a la pantalla, el cursor titilando en el chat de la IA, y una pregunta muda flotando en el aire — ¿la uso o me la banco solo? Parece una pregunta chica. No lo es. Ahí adentro vive una apuesta, y como toda apuesta, tiene más de una forma de perder.

Podés quemarte tratando de seguirle el ritmo a un mundo que ya no negocia con tu capacidad de atención. O podés volverte tonto, delegando tanto que un día te das cuenta de que ya no sabés hacer lo que antes hacías solo. Entre esos dos polos —quemados y tontos— se está jugando algo bastante más serio que productividad.

El tiempo va pasando, las herramientas mutan, la IA no deja de avanzar y nosotros… seguimos siendo los mismos humanos hasta cierto punto, porque además comenzamos una espiral descendente para nuestra mente.

La sociedad en la que nos encontramos decidió tomar el camino menos difícil, dejando el pensar para las máquinas, limitando el error, y con esa sola acción no nos pusimos una diana en el pecho: nos marcamos para la extinción.

No comprendimos que el esfuerzo era parte necesaria en la ecuación. Que una mente que no genera nuevas sinapsis no sólo no avanza, se denigra. No dista de lo que pasa con tus músculos si no los ejercitás: por muy buena que sea tu genética, si no forzás tu sistema, simplemente perdés estructura, fuerza, fibra muscular. Tu mente es igual. A medida que usás la IA para responder por vos, aceptás un intercambio: hacés más en menos tiempo a cambio de perder en el camino lo que antes te permitía ser el autor de lo que hacías. Te acostumbrás a que la herramienta haga las cosas por vos y así no hay ejercicio para la mente.

Leer, hacer cuentas, recordar cosas, planificar, aprender música y lograr ritmo, investigar y reunir información, buscar entre toneladas de datos para identificar exactamente los que necesitábamos: son el tipo de ejercicios que nuestras mentes necesitan para no perder capacidad. Pero en lugar de leer, vemos la película. Nos escapamos de las cuentas y elegimos la calculadora. Dependemos de la agenda para recordar cómo comunicarnos con alguien más porque ni los números de teléfono podemos recordar. En lugar de atravesar un montón de datos que pueden o no ser relevantes, aprendiendo en el proceso otras cosas, simplemente pedimos la información ya desnuda, ya limpia. Con el tiempo como único factor a favor, pero con la pérdida de nuestras capacidades como costo.

Al mismo tiempo nos encontramos con que aun los adalides de la mente, esa gente que construye universos enteros en su cabeza, hoy deja gran parte de esa tarea en manos de la IA para convertirse en meros revisores. Es rápido, y parece fácil, pero pagamos con capacidad: entregamos gustosos nuestra habilidad a cambio de letargo y tiempo libre.

Ese es el camino del tonto. Pero hay otro, igual de peligroso, que empieza en la vereda de enfrente.

Porque también está el que se resiste. El que decidió que delegarle una línea de código, un borrador, un resumen a la máquina es una claudicación personal. El que revisa cada output de la IA con más rigor del que revisó nunca su propio trabajo, no para aprender, sino para poder decir "yo no confío en eso". El que suma horas, se salta el almuerzo y contesta mails a la medianoche para demostrar —sobre todo a sí mismo— que su valor sigue intacto sin ayuda de nadie, ni humano ni artificial. Ese es el quemado. Y se está quemando por la misma razón que el otro se está atontando: los dos decidieron que la relación con la herramienta tenía que ser total. Uno se entrega entero. El otro se niega entero. Ninguno de los dos está pensando.

Richard Sennett, en El artesano, explica algo que el quemado y el tonto ignoran por igual: la maestría no se construye ni por acumulación bruta de horas ni por evitación total del esfuerzo, sino por la repetición reflexiva, esa vuelta constante sobre el propio trabajo que va afinando el criterio. El quemado repite sin reflexionar, puro volumen. El tonto ya ni siquiera repite. Los dos se quedan sin el ingrediente que hace al oficio: el juicio que solo se forma haciendo, fallando, y corrigiendo con la cabeza puesta ahí.

Michael Polanyi tenía una frase que me vino como anillo al dedo en esta discusión, mucho antes de que existiera un chat para preguntarle cualquier cosa: sabemos más de lo que podemos decir. Ese conocimiento tácito —el que te permite intuir que un código va a fallar antes de correrlo, o que una reunión se está por ir al descarrilamiento antes de que nadie diga nada— no se transmite, no se copia y pega, no se pide en un prompt. Se construye ejercitando, con el cuerpo y con la mente metidos en el problema. Y no hay atajo posible: ni quemándote de tanto hacerlo solo, ni tontificándote de tanto no hacerlo nunca.

El punto medio no es una postura cómoda, y por eso casi nadie lo elige. Chris Argyris hablaba del aprendizaje de doble bucle: no alcanza con resolver el problema (eso es simple ejecución, la haga vos o la IA), hay que revisar además el razonamiento que te llevó a esa solución. Usar la IA para llegar más rápido a una respuesta es bucle simple. Detenerte un segundo después a preguntarte por qué esa fue la respuesta correcta, qué hubieras hecho distinto, dónde está el límite de lo que la máquina entendió del problema: eso es bucle doble, y ahí es donde la sinapsis sigue viva.



No se trata de rechazar la herramienta ni de entregarle la mente en bandeja. Se trata de usarla como quien usa un compañero de gimnasio: alguien que te ayuda a levantar más peso del que levantarías solo, no alguien que levanta por vos mientras mirás el techo. La diferencia entre el que crece y el que se atrofia no está en cuánta IA usa. Está en si sigue poniendo el cuerpo —la cabeza— en el ejercicio, o si ya delegó también eso.

Si tenés la chance, ponete a leer lo que sea. Dale a tu cabeza la posibilidad de ejercitar algo que ya casi no ejercita: armar una realidad completa a partir de las descripciones de otro. Escuchá música que nunca escuchaste, andá a lugares donde nunca fuiste. No dejes de usar la IA —sería absurdo pedirte eso—, pero pedile que te muestre por qué hizo lo que hizo, que te dé las referencias de donde lo sacó, y aprendé de ahí. No para revisar mejor la próxima vez, sino para seguir siendo vos el que dirija, el que tenga el criterio para pedir.

Porque hoy parece que todo tiene que estar automatizado, casi siempre con la vieja excusa de la optimización. Pero ese camino, seguido hasta el final, nos deja bastante cerca de esos seres gordos e incapaces en los que terminó convertida la humanidad en Wall-E: cómodos, atendidos, y sin memoria de por qué alguna vez supieron pararse solos.

Ni quemado ni tonto. La vereda del medio no tiene cartel ni te espera parada: se elige de nuevo cada vez que el cursor vuelve a titilar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entre quemados y tontos

  Hay una escena que se repite hoy en casi cualquier oficina: alguien frente a la pantalla, el cursor titilando en el chat de la IA, y una p...