Tenía nueve años y no había nada.
Estamos hablando de 1983 en Buenos Aires. No había tutoriales, obviamente. Pero tampoco había libros. Lo poco que llegaba venía en inglés, en revistas importadas que aparecían salteado en alguna librería del centro, y yo no sabía inglés, así que agarré el diccionario.
Palabra por palabra, con el dedo en el renglón. Un artículo de cuatro páginas me llevaba una semana. Y cuando terminaba de traducirlo entendía la mitad, porque la otra mitad daba por sabidas cosas que yo no tenía manera de saber.
Cuarenta y tres años después me parece obvio que ese chico aprendió de la mejor manera posible. Lo que me llevó bastante más tiempo entender es por qué. Y no es lo que uno diría.
La parte que no era mérito de la escasez
Es muy tentador contar esto como una historia de esfuerzo. El pibe que traducía con diccionario porque quería, mientras hoy tenés la respuesta en veinte segundos. Un clásico. Y es mentira, o por lo menos es la mitad menos importante.
Porque yo tuve otra cosa, y esa sí fue decisiva: un amigo de mi viejo que era de los primeros que enseñaba programación en la UBA.
Ese tipo no me enseñó un lenguaje. Me enseñó a pensar con lógica de programador, a puro algoritmo, antes de que yo escribiera una línea de nada. Primero el razonamiento, después la herramienta. En ese orden, que es el orden difícil.
Y ahí está la trampa de toda la nostalgia: yo no tuve escasez, yo tuve un privilegio enorme. En 1983 en Argentina, tener acceso personal a alguien que sabía eso era una lotería. La mayoría de los chicos de mi edad con la misma curiosidad no tuvieron a nadie, y no aprendieron, y no fue porque les faltara voluntad, el diccionario me hizo lento. El profesor me hizo programador. No confundamos las dos cosas.
Lo que la máquina es, y lo que no
Ahora vení a 2026 y mirá al pibe de nueve años, o al de veintitrés que acaba de entrar a laburar.
Tiene todo lo que yo no tuve, multiplicado por mil. No solo la revista traducida: tiene la revista explicada, resumida, adaptada a su nivel, en su idioma, a cualquier hora, con paciencia infinita y sin que nadie lo haga sentir un tarado por preguntar.
Eso es extraordinario y no pienso pedir que volvamos. Yo lo uso todos los días, pero fijate qué es exactamente lo que tiene: una biblioteca infinita.
Y la biblioteca nunca formó a nadie. En 1983 no existía y no aprendíamos por eso; en 2026 es infinita y tampoco aprendemos por eso. Lo que forma es otra cosa, y esa otra cosa es lo que hacía el amigo de mi viejo:
Elegir el orden. Saber que el algoritmo va antes que el lenguaje, y no dejarte empezar por donde vos querés empezar. Un buscador te da lo que pedís. Un profesor te da lo que necesitás, que casi nunca es lo mismo.
Saber qué no sabés. La máquina responde exactamente la pregunta que le hacés. El problema del que está aprendiendo es que no tiene las preguntas. Ese es el trabajo: verte pensar mal y darte cuenta dónde está el hueco que vos no podés ver.
Dejarte equivocar a propósito. Un buen docente ve venir el error y te deja entrar igual, porque el error enseña más que la advertencia. Ningún sistema optimizado para responder bien va a hacer eso jamás.
Polanyi lo dijo mejor: sabemos más de lo que podemos decir. La parte del oficio que no se puede enunciar solo se transmite de persona a persona, mirando trabajar a alguien. Eso no está en ningún corpus, porque nunca se escribió.
La cuenta que va a llegar
El problema estructural no es que los pibes tengan demasiadas respuestas. Es que tienen todas las respuestas y ningún criterio para ordenarlas, y nosotros dejamos de dárselo.
Porque acá hay algo incómodo: la mentoría siempre fue lo más caro de una organización y lo primero que se recorta. Un senior enseñando es un senior no produciendo. Nunca entró bien en ningún tablero. Se sostenía a duras penas, y la IA nos dio la excusa perfecta para soltarla del todo — total, que pregunte a la máquina.
Un senior no es alguien que sabe más. Es alguien que se equivocó durante diez años y se acuerda. Si el que empieza no se equivoca porque la respuesta llega antes, y encima no tiene a nadie mirándolo pensar, no estamos formando a nadie. Estamos gastando el stock que formó el sistema anterior.
En cinco años vamos a tener muchísima gente capaz de producir código excelente y muy poca capaz de decidir si ese código está bien. Y los números, mientras tanto, van a dar bárbaros.
Qué haría yo
Tres cosas, ninguna original, todas caras.
Enseñar el algoritmo antes que la herramienta. Es el orden que me enseñaron a mí y sigue siendo el correcto. La herramienta cambia cada dieciocho meses; la manera de descomponer un problema no cambió desde Dijkstra.
Poner la mentoría en el tablero. No como valor declarado: como tiempo asignado, medido y protegido, con consecuencias para el senior que no lo hace. Si no está en el tablero, no existe. Ya sabemos cómo termina eso.
Preguntar en lugar de responder. Si la máquina produce el código, el trabajo del que aprende es evaluarlo. "Acá hay tres soluciones, decime cuál elegís y por qué" construye criterio. "Acá está la solución" no construye nada.
Yo tuve suerte dos veces. Una vez con la escasez, que me obligó a masticar cada cosa. Y otra, mucho más importante, con un tipo que se sentó conmigo a los nueve años a explicarme cómo se piensa un problema.
La escasez no vuelve, y está bien que no vuelva. El tipo sentado al lado, sí. Ese siempre estuvo disponible. Solamente que ahora hay que decidirlo, porque ya no hay ninguna limitación que nos obligue.
¿Quién fue el que se sentó al lado tuyo? ¿Y con quién te estás sentando vos?
Autor: Fabi Mesaglio


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