Te llega un mensaje de alguien que no conocés, o que conocés de lejos, diciéndote que armó algo con una IA un domingo a la tarde y preguntándote si lo podés mirar. Abrís el link y la app anda, más o menos, pero anda. Lo interesante es que la pregunta que sigue no es si la idea sirve, porque eso ya lo contestó la máquina, sino cuánto le saldría hacerlo bien. Esa consulta, hace tres años, no existía. Esa persona tenía la idea guardada en un cajón, junto con el miedo a que le dijeras que era una pavada o a que le cobraras una fortuna solo por averiguarlo. Y durante esos mismos tres años, mientras esa puerta se abría, a vos te repetían que la IA venía por tu trabajo.
Hace unos días escribí sobre el riesgo de quedar atrapados entre dos extremos bastante evidentes: quemarnos intentando hacer todo solos o volvernos dependientes de una herramienta que puede resolver por nosotros cada vez más cosas. Después de publicarlo me quedó dando vueltas una pregunta que, cuanto más la pienso, más incómoda me resulta: ¿qué pasa si cada día hacemos mejor nuestro trabajo, pero cada día somos un poco menos capaces de hacerlo por nuestra cuenta?
Hay una escena que se repite hoy en casi cualquier oficina: alguien frente a la pantalla, el cursor titilando en el chat de la IA, y una pregunta muda flotando en el aire — ¿la uso o me la banco solo? Parece una pregunta chica. No lo es. Ahí adentro vive una apuesta, y como toda apuesta, tiene más de una forma de perder.
En 1983 yo tenía nueve años, una computadora que era más promesa que máquina y una pila de revistas en inglés que no entendía. No había li...