Son las once de la noche y tenés cuarenta pestañas abiertas. En una, un paper que no vas a terminar. En otra, un hilo de alguien que lo resume. En una tercera le pediste a la IA que te resuma el hilo que resume el paper, y en la cuarta le pediste lo mismo a otra IA, por las dudas. Las tres versiones dicen cosas parecidas, con matices distintos, y vos cerrás la compu con una sensación rara: sabés más que hace dos horas y entendés menos.
No es falta de información. Nunca tuvimos tanta. Es otra cosa, y vale la pena ponerle nombre.
La promesa que no se cumplió
Durante bastante tiempo creímos una idea linda: si al mono sin pelo, como lo bautizó Desmond Morris, le dábamos más acceso al conocimiento, iba a estar mejor preparado para la vida. Más bibliotecas, más escuelas, después internet, después el buscador, después el asistente que te contesta en lenguaje natural. Cada escalón prometía lo mismo: más información, mejores decisiones.
La premisa escondida era que el cuello de botella estaba afuera. Que entendíamos poco porque sabíamos poco. Y resulta que el cuello de botella estaba adentro.
Borges lo vio antes que nadie, como casi siempre. En Funes el memorioso imagina a un muchacho de Fray Bentos que, después de una caída del caballo, empieza a recordarlo absolutamente todo: cada hoja de cada árbol, cada forma de cada nube, cada vez que la vio. Funes no es un genio. Es casi incapaz de pensar. El narrador sospecha que pensar consiste justamente en lo que Funes no puede hacer: dejar de lado las diferencias, juntar lo parecido, quedarse con lo que importa y soltar el resto. A Funes le molestaba que el perro visto de perfil a las tres y catorce tuviera el mismo nombre que el perro visto de frente a las tres y cuarto.
Funes tenía toda la información. Le faltaba el filtro.
El comienzo del ruido
Herbert Simon, que ganó el Nobel de economía estudiando cómo decidimos, lo planteó hace más de cincuenta años en términos menos poéticos: la información consume algo, y lo que consume es la atención de quien la recibe. Mucha información, entonces, produce pobreza de atención. Simon escribía en una época de memos y fotocopias. Imaginate lo que diría con un teléfono en el bolsillo.
Lo que estamos viviendo hoy es el comienzo del ruido. No entendemos, y no por falta de información, sino por la cantidad. En La biblioteca de Babel, Borges llevó la idea al extremo: una biblioteca que contiene todos los libros posibles, incluido el que lo explica todo. El problema es que también contiene todas sus versiones con un error, todas sus refutaciones y billones de volúmenes de letras sin sentido. Tener todo es, en la práctica, no poder encontrar nada.
Buscar respuestas en un océano de variaciones de la misma respuesta lleva al más pintado a la locura. O, más prosaicamente, al cansancio. Ese cansancio raro de haber leído mucho y no poder contarle a nadie qué aprendiste.
El mejor filtro que construimos
Y acá aparece la parte que me interesa, porque no es una historia de villanos. Las herramientas que estamos construyendo son, ante todo, filtros extraordinarios. Una IA bien usada hace exactamente lo que Funes no podía: agrupa, resume, jerarquiza, descarta. Te trae lo esencial de cuarenta pestañas en un párrafo. Para alguien que maneja equipos y tiene que decidir rápido con información incompleta, eso no es un lujo: es oxígeno.
Yo la uso todos los días, y no pienso dejar de hacerlo. Sería como negarse a usar la calculadora por respeto a las tablas de multiplicar.
Pero hay una trampa, y está en una de las reglas más viejas de la biología: el cuerpo no conserva lo que no usa. Si no usás los músculos, perdés masa muscular. Si no usás la cabeza, perdés filo.
El ejemplo más claro viene de bastante lejos. Los astronautas que pasan meses en órbita pierden masa ósea, y no porque algo los enferme, sino porque en microgravedad los huesos ya no tienen que sostener el peso del cuerpo. El organismo, que es un contador muy prolijo, hace la cuenta: si nadie necesita esa estructura, deja de invertir energía en mantenerla. Nada se rompe, nada duele. Simplemente se deja de construir lo que no se usa.
Con la cabeza pasa lo mismo. Lo que la IA está haciendo por vos, separar lo importante de lo accesorio, decidir qué diferencias olvidar, es precisamente el hueso que sostiene tu forma de pensar. Si la herramienta carga con ese peso, tu cerebro, igual de ahorrativo que el resto del cuerpo, hace la misma cuenta que el esqueleto del astronauta.
Funes no podía filtrar. Nosotros corremos el riesgo opuesto: tener un filtro tan bueno que nunca más tengamos que filtrar nosotros. Y lo peor es que no se siente. El astronauta flota cómodo durante meses y se entera recién cuando vuelve a la Tierra e intenta ponerse de pie.
El que nunca tuvo el músculo
Esto se pone más serio cuando pensás en los que están empezando. Vos y yo aprendimos a filtrar a la fuerza, porque no había otra. Leímos el manual entero para encontrar la línea que necesitábamos, nos equivocamos de fuente, descubrimos de a poco qué autores valía la pena leer y cuáles no. Ese recorrido lento y medio ineficiente fue el entrenamiento.
El que arranca hoy puede saltearse todo eso. Recibe el resumen antes de haber leído nunca un original. Y el problema no es que no sepa algo: es que no sabe qué no sabe. No puede evaluar si el resumen dejó afuera lo importante, porque nunca construyó el criterio para reconocerlo. Delegó el filtro antes de tenerlo.
Si dirigís equipos, ese problema es tuyo, no de ellos. Porque el criterio no aparece por generación espontánea el día que alguien llega a senior. Se forma, o no se forma, en los años en los que hoy le estamos dando a la máquina justamente las tareas que antes formaban.
Dónde apoyar los pies
Entonces, ¿cómo nos ordenamos? ¿Cómo encontramos un punto de anclaje donde apoyar los pies sin perder el equilibrio?
No tengo una receta, pero tengo algunas sospechas. La primera es que la pregunta no es "IA sí o IA no", sino qué parte del criterio no delegás nunca. Hay cosas que conviene que la máquina filtre por vos, y hay otras que tenés que seguir filtrando a mano aunque sea más lento, precisamente porque es más lento.
La segunda es que, de vez en cuando, hay que ir al original. Leer el paper entero, no el resumen. Escuchar la reunión completa, no las minutas. No siempre: lo suficiente para que el músculo no se olvide de que existe, y para poder auditar al filtro cuando te ofrece la versión cómoda.
La tercera es la más incómoda: aprender a tolerar un poco de ruido. La claridad instantánea es adictiva y la confusión tiene mala prensa. Pero buena parte del pensamiento ocurre ahí, en ese rato en que no entendés y te tenés que quedar frente al problema, antes de que alguien, o algo, te lo ordene.
Los astronautas, por cierto, no se resignan. En la estación espacial entrenan un par de horas por día con máquinas de resistencia, porque saben que la gravedad no va a venir a buscarlos. Si quieren volver caminando, la carga se la tienen que fabricar ellos.
Con nosotros pasa algo parecido, con una diferencia: no vamos a volver a la Tierra. La abundancia de información y los filtros que la ordenan llegaron para quedarse, y está bien que así sea. Bien usadas, estas inteligencias nos pueden dar un guiño de un futuro mejor, uno en el que nos comuniquemos y nos entendamos de formas más naturales. Pero en esa órbita la gravedad la tenemos que poner nosotros, y la mejor que conozco es la más simple: no dejar nunca de aprender. No de consumir resúmenes, de aprender. Equivocarse, volver al original, quedarse con la duda un rato más de lo cómodo.
Autor: Fabi Mesaglio

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