domingo, 4 de octubre de 2026

Buffer de carne



Me estoy preparando un mate y veo que Claude terminó la tarea que le pedí. Todavía no terminé de poner la yerba ni de hacer la montañita, así que dejo el mate sobre la isla y le doy el ok desde el mouse de mi MacBook Air, esa caja indispensable que me permite llevar a Claude y a Codex a todos lados para poder decirles que sí en cualquier circunstancia. Vuelvo al mate, lo termino de armar prolijo, listo para ser servido, y entonces Codex me hace una pregunta. Le contesto. Recién después lleno el termo con agua.

Lo pensé un rato largo, con el mate ya en la mano. Las máquinas pasaron primero que el agua. El único ritual de pausa que me queda en el día, ese que tiene su propio tiempo y no se apura, quedó interrumpido dos veces por dos sistemas que necesitaban que alguien les dijera que sí. Y ese alguien era yo.

En informática, un buffer es un espacio intermedio donde los datos esperan su turno. Sirve para absorber la diferencia de velocidad entre dos sistemas que no funcionan al mismo ritmo. Eso estaba haciendo yo en mi cocina: absorber la diferencia entre una máquina que produce más rápido de lo que nadie puede leer y un mundo que todavía necesita que un humano apruebe, firme y responda. Un buffer de carne. Y si te ponés a pensar en tu propio día, es probable que vos también lo seas.

Nos prometieron que la inteligencia artificial nos iba a devolver tiempo. Lejos de eso, lo que estamos haciendo es convertir a la gente en un engranaje más, un dispositivo vivo que va a perder el sentido de lo que hace en un abrir y cerrar de ojos. Fijate lo que hace hoy quien programa: cada vez más, construye loops, acepta planes y, en el mejor de los casos, revisa el output. Y si mirás esa lista con frialdad, no hay nada ahí que de a poco no se pueda reemplazar con orquestadores, revisores o jueces de código. El buffer es, por definición, provisorio.

Para entender cómo llegamos acá hay que mirar un poco antes de la IA. El juego se rompió cuando pusimos las empresas en manos de inversores que no buscan una visión sino un rédito, y solo un rédito. Si ganan más, están contentos; si ganan menos, se van. En ese camino, el producto dejó de ser lo que le importa a la empresa. El producto se volvió una excusa para construir el verdadero bien enajenable, que es la empresa misma, la que se valúa, se levanta en rondas y se vende. Cuando el producto es una excusa, todo lo que sucede en el medio, incluida la gente, importa poco, salvo que mejore los números de cara al inversor. Y ahí se rompe la posibilidad de un contrato social entre la empresa y quien trabaja en ella. No le podés pedir compromiso a alguien a quien tratás como un costo a optimizar.

Creo que todavía no entendimos que tenemos que llegar a un punto de conservación, porque estamos rompiendo el juego en nombre de la optimización. En 1914, Henry Ford duplicó el salario de sus obreros a cinco dólares por día. No lo hizo por bondad: entendió que quien fabrica autos también necesita gente que pueda comprarlos. Si cada empresa reemplaza a su gente para ahorrar, la suma de todas esas decisiones racionales da un resultado irracional: productos cada vez más baratos y cada vez menos clientes con sueldo para comprarlos. Ganar más, a largo plazo, no siempre se trata de economizar. A veces se trata de sostener los puestos que te sostienen las ventas.

Pero sería cómodo quedarse ahí, echándole la culpa a los inversores. El concepto de empresa actual y el de programador actual van de la mano. Compartimos una cultura que apunta a lo descartable, a lo fácil en lugar de lo simple, a crear cosas sin alma y sin orgullo. La empresa quiere un producto que la convierta en producto. Y el programador, que hasta cierto punto quería hacer menos, llegó al punto en que quizás ya no tenga que hacer nada. Larry Wall, el creador de Perl, decía que las tres virtudes del programador eran la pereza, la impaciencia y la soberbia. La pereza era virtud porque te empujaba a automatizar para no repetir trabajo; la soberbia, porque te obligaba a escribir código del que nadie pudiera hablar mal. En algún momento nos quedamos con la pereza y perdimos la soberbia. Automatizamos todo menos el orgullo, y sin orgullo la pereza deja de ser una virtud para ser simplemente ausencia.


Por eso necesitamos llegar a un compromiso como sociedad, buscar cordura y decidir qué queremos hacer hacia el futuro. Karl Polanyi escribió hace ochenta años que cuando el mercado se despega de la sociedad y trata al trabajo humano como una mercancía más, la sociedad tarde o temprano reacciona para protegerse. La pregunta es si va a reaccionar con cordura o a los golpes. Tenemos que decidir qué tareas queremos preservar como humanas, no por nostalgia sino porque ahí se forma el criterio de los que vienen. Tenemos que decidir quién responde cuando falla una máquina, para que la respuesta no sea siempre "el último humano que hizo clic". Y tenemos que decidir qué le pedimos a una empresa además de rentabilidad.

Vuelvo al mate. Lo armé prolijo, con la montañita bien hecha, la yerba sin polvo, el agua a la temperatura justa. Nadie me lo pidió ni me lo va a evaluar. Lo hice bien porque así se hace. Ese mismo cuidado es el que ya no pongo en el código que apruebo con un clic, parado al lado de la isla, con la yerba a medio cargar. El orgullo del oficio todavía existe; simplemente se mudó a la cocina. La pregunta es si lo vamos a dejar ahí, o si vamos a construir trabajos donde vuelva a tener lugar. ¿Y vos, qué es lo último que hiciste bien solo porque así se hace?

Autor: Fabi Mesaglio



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