lunes, 21 de septiembre de 2026

Al final la IA trajo más trabajo.


Te llega un mensaje de alguien que no conocés, o que conocés de lejos, diciéndote que armó algo con una IA un domingo a la tarde y preguntándote si lo podés mirar. Abrís el link y la app anda, más o menos, pero anda. Lo interesante es que la pregunta que sigue no es si la idea sirve, porque eso ya lo contestó la máquina, sino cuánto le saldría hacerlo bien. Esa consulta, hace tres años, no existía. Esa persona tenía la idea guardada en un cajón, junto con el miedo a que le dijeras que era una pavada o a que le cobraras una fortuna solo por averiguarlo. Y durante esos mismos tres años, mientras esa puerta se abría, a vos te repetían que la IA venía por tu trabajo.

Tenemos una relación rara con el final: lo esperamos, casi lo deseamos, como quien espera el colectivo en una parada sin horario, mirando la esquina, seguro de que viene y un poco ofendido porque tarda. Los que estábamos en sistemas en el 99 nos acordamos del Y2K, cuando se iban a caer los aviones, los bancos iban a borrar los ahorros y los ascensores se iban a quedar trabados entre pisos. El 1 de enero de 2000 amaneció y el mundo siguió andando, pero hay un detalle que casi nadie cuenta, y es que el fin no llegó porque miles de programadores pasaron dos años trabajando para que no llegara. El apocalipsis, visto de cerca, era una montaña de laburo. Después vinieron el calendario maya, la gripe que nos iba a encerrar para siempre y cada crisis que iba a ser la definitiva, y en Argentina tenemos doctorado en la materia: cada diciembre el país se termina y en marzo seguimos discutiendo el precio del asado.

Tengo una sospecha incómoda sobre por qué nos atrae tanto el fin, y es que resulta cómodo. Si todo se termina, no hay nada que decidir, y el apocalipsis se vuelve la excusa perfecta para quedarte quieto con cara de preocupado. Del otro lado hay quienes lo saben muy bien, porque el miedo vende y la calma no genera clics. Pasás el dedo por la pantalla buscando la próxima mala noticia con la misma ansiedad con la que lidias con tus vicios, esperas la próxima dosis de químicos en tu cerebro, y eso ya no es informarse, se parece bastante más a una abstinencia.

La propuesta es simple, aunque casi nunca la hacemos: en lugar de mirar la esquina por donde se supone que viene el fin, mirá lo que está pasando. The Economist estimó hace unos días que la IA ya creó alrededor de un millón de empleos en Estados Unidos, contra unos 200.000 despidos atribuidos a la IA desde mediados de 2023. No digo que no haya habido pérdidas, las hubo y duelen, pero la cuenta da al revés de lo que nos prometieron. Tampoco es la primera vez. Cuando aparecieron los cajeros automáticos se anunció el fin de los cajeros de banco, y durante décadas pasó lo contrario: abrir una sucursal se volvió más barato, se abrieron más, e hizo falta más gente para atenderlas. Cuando llegó la planilla de cálculo iba a ser el fin de los contadores, y lo que terminó fue la tarea de sumar columnas a mano, mientras el análisis se multiplicaba. Ya en 1865 William Stanley Jevons había notado algo que parecía un absurdo, que las máquinas de vapor más eficientes no hacían que Inglaterra consumiera menos carbón sino más. Cuando algo se vuelve más barato no se usa menos, se usa más, y con el trabajo pasa exactamente lo mismo.

La IA no se quedó con tu trabajo, se quedó con la primera consulta. Pensá en cómo funcionaba antes: ibas al abogado, al contador o a alguien que desarrollara software, tenías una primera entrevista y, si el caso avanzaba, entre una y cuatro visitas más para resolverlo. Hoy, por lo que veo en mi trabajo, entre un 20 y un 25% de esas primeras consultas se las queda la IA, y la primera lectura fue la obvia, que venían por nuestro medio de vida. Pero preguntate qué era en realidad esa primera consulta. Era un filtro, una barrera de entrada que mucha gente no se animaba a cruzar porque no sabía si su problema merecía un profesional, si su idea valía algo o si le iban a cobrar por escuchar una pavada. Ahora esa gente pregunta primero, gratis y sin vergüenza, a las tres de la mañana, y una parte cada vez más grande descubre que su problema es real y que su idea tiene patas. Entonces se anima, y llega a tu puerta con una demo funcionando, sabiendo lo que necesita. Hoy nacen prototipos a cada segundo, ideas de negocio que antes morían en una servilleta y que ahora llegan validadas antes de necesitar un equipo de desarrollo.

Pero un prototipo no es un producto. Lo que arma alguien sin formación técnica junto a un LLM puede ser una automatización personal, una prueba o un juguete que funciona en su computadora, y pasar de eso a algo que se venda, que escale y que no se caiga un viernes a la noche requiere otra cosa. Michael Polanyi lo dijo hace más de sesenta años, cuando escribió que sabemos más de lo que podemos decir, y ese conocimiento tácito no entra en un prompt, vive en quien ya se equivocó muchas veces. Por eso la IA no achicó el embudo de trabajo sino que le agrandó la boca, y por la parte de abajo sigue saliendo lo mismo de siempre: gente que necesita a alguien que sepa.

No te voy a vender que todo es fiesta. Esa primera consulta muchas veces la atendía el junior, y ahí aprendía a escuchar, a preguntar y a distinguir un problema real de uno imaginario. Si la máquina se queda con esa tarea, la pregunta ya no es si va a haber trabajo sino quién va a aprender a hacerlo, porque lo que está en disputa no es el trabajo en sí, es la puerta de entrada. Es un problema serio, pero es un problema de diseño y no un apocalipsis, y los problemas de diseño se resuelven mirándolos de frente, no esperando que nos pasen por encima.

El mercado te prefiere en la rueda del hámster, corriendo mucho y llegando poco, y es cierto que la persona en paz muchas veces se queda donde está, cosa que me parece igual de preocupante. Pero hay una diferencia enorme entre moverte porque viste algo y moverte porque te asustaron. El miedo agudo funciona como la adrenalina, te saca del sillón y te sirve para escapar de algo concreto. El miedo crónico se parece más al cortisol, que te mantiene andando mientras te come la cabeza, te achica la mirada y te hace decidir peor, de modo que lo que hacés bajo esa presión se logra, pero sale de peor calidad. Vivimos en cortisol permanente, esperando un fin que se posterga todos los meses, y el fin del mundo tiene una costumbre molesta: nunca llega a horario, y cuando por fin te animás a mirar, descubrís que lo que llegó era trabajo.

Autor: Fabi Mesaglio



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