Pantalla partida en dos. Del otro lado, fondo virtual mal puesto, cámara un poco torcida, el típico "¿me escuchás bien?" antes de arrancar. Es una 1:1 agendada como cualquier otra, treinta minutos en el calendario, y en el minuto cinco me tira la pregunta que me tiran todos tarde o temprano:
—¿Qué tengo que hacer para subir de nivel?
Silencio corto. Ese silencio incómodo que solo existe en videollamada, donde no hay mozo que pase ni ruido de fondo que lo tape. Y yo, que en ese momento tengo dos respuestas posibles en la cabeza, elijo la que no debería elegir: le hablo de arquitectura, de sistemas distribuidos, de cuánto impacto tuvo su último diseño. Le doy, en criollo, la respuesta técnica. Porque es la que la empresa espera que le dé.
El problema no es la respuesta. El problema es la pregunta que nunca nos hicimos antes: ¿subir a dónde?
La escalera que dibujamos sin pensar
Casi todas las empresas de tecnología tienen la misma escalera, calcada. Ingeniero senior, arquitecto o staff engineer, y de ahí, manager. Una línea recta, prolija, que en un organigrama queda hermosa. El problema es que esa línea recta esconde un salto de disciplina que nadie nombra: pasás de diseñar sistemas a cuidar personas, y a nadie se le ocurrió avisarte que cambiaste de oficio.
Ronald Coase, hace casi un siglo, se preguntó por qué existen las empresas en lugar de que todo se resuelva en el mercado abierto. Su respuesta, resumida al hueso: porque coordinar gente cuesta menos adentro que afuera. Ese "costo de coordinar gente" es, literalmente, el trabajo del manager. No es una versión más senior del arquitecto. Es una disciplina completamente distinta, que Coase ya nos había avisado que existía, y que nosotros seguimos tratando como un premio por buen desempeño técnico.
El asistente de vuelo, no el piloto con más horas
Ahí está el error de origen: creemos que el manager es una evolución del arquitecto, cuando en realidad es la evolución de un Team Lead.
El arquitecto acumula horas de vuelo. Ve más lejos, entiende mejor los sistemas, anticipa fallas que otros no ven todavía. Es, en el mejor sentido, un piloto con más experiencia.
El manager no acumula horas de vuelo técnicas. Cuida que el avión llegue con toda la gente adentro sana, alimentada, tranquila. Nutre al equipo, no al sistema. Es un asistente de vuelo, no un capitán con más antigüedad. Y acá nadie se ofende: ser asistente de vuelo es un oficio propio, con su propia pericia, no una escala inferior en el camino hacia la cabina.
Cuando confundís esas dos trayectorias, terminás poniendo en la cabina a alguien entrenado para leer instrumentos y esperás que además calme a los pasajeros en una turbulencia. Y ahí es donde el vuelo empieza a moverse feo.
El síntoma que nadie diagnostica bien
Acá viene la parte que a mí me interesa más, porque no es un problema de organigrama. Es un problema de dónde va a parar la humanidad que la empresa necesita y no diseñó dónde poner.
Toda organización necesita una dosis de cuidado humano —escucha, contención, mediación de conflicto, lectura fina del estado de ánimo de un equipo— para funcionar. Si no le diste un lugar explícito a esa habilidad, con su propio camino de crecimiento, esa necesidad no desaparece. Migra. Y migra hacia abajo, hacia quien esté más cerca: el ingeniero senior que en teoría debería estar puramente enfocado en resolver problemas técnicos, y que de golpe se encuentra escuchando crisis personales de sus compañeros de equipo, mediando fricciones que no le tocan, haciendo de psicólogo de guardia sin que nadie se lo haya pedido formalmente ni lo esté evaluando por eso.
Richard Sennett escribió bastante sobre esto, sobre cómo el trabajo moderno terminó erosionando el sentido de oficio, esa relación estable entre una persona y su habilidad. Lo que pasa en estos equipos es una versión chiquita de eso: el ingeniero pierde el oficio técnico puro porque la organización le delegó, sin decirlo, un oficio humano que nunca entrenó ni pidió.
Y ahí empezamos a desarmar lo que funcionaba para intentar optimizar lo que, en rigor, ni siquiera habíamos definido que había que optimizar.
Las dos escaleras, no una
La solución no es complicada de enunciar, aunque sea incómoda de instalar: definir dos escaleras explícitas, no una que se ramifica tarde.
Una escalera técnica —vertical, la llaman algunos— que va de ingeniero a senior, a staff, a principal, y que en cada escalón dice con total claridad: "esto es lo que necesitamos de vos para el siguiente nivel", y esa exigencia es sobre profundidad técnica, impacto de diseño, capacidad de resolver ambigüedad compleja.
Y una escalera de personas —horizontal, si queremos seguir el mismo lenguaje— que va de team lead a manager, a director, con su propia vara: capacidad de generar contexto, de cuidar el desarrollo de otros, de sostener un equipo bajo presión sin que se rompa.
Peter Drucker decía que el management es, antes que nada, una práctica: se aprende haciéndola, no se hereda de haber sido bueno en otra cosa. Mintzberg, más tarde, fue todavía más filoso: dijo que gran parte de lo que llamamos "management" no es ciencia ni arte, es un oficio que se entrena con la experiencia de estar ahí, en el barro, con la gente. Ninguno de los dos dijo, en ningún lado, que el management se hereda de haber sido un buen arquitecto.
Vi organizaciones resolver esto de las dos maneras posibles. La que lo hace mal arma un comité de promociones donde se evalúa a todos con la misma rúbrica técnica, managers incluidos, y termina premiando al mejor diseñador de sistemas con un equipo que no sabe liderar. La que lo hace bien tiene dos comités, dos calendarios de evaluación, y hasta dos vocabularios distintos para hablar de "impacto": en uno, impacto quiere decir arquitectura que sostiene escala; en el otro, impacto quiere decir gente que crece y se queda. No es más trabajo administrativo. Es apenas la honestidad de admitir que estás evaluando dos oficios, no uno con dos nombres.Lo que le respondí en la segunda 1:1
Agendé otra reunión un par de semanas después, esta vez en la oficina, sin pantalla de por medio. Le pregunté qué quería en realidad: si su energía estaba en resolver problemas técnicos cada vez más difíciles, o en la energía de ver crecer a otros. No eran preguntas retóricas, eran dos caminos reales, con criterios reales, con reconocimiento real en cada uno.
Elegió quedarse técnico. Hoy es uno de los mejores staff engineers que tuve cerca, y nadie —ni él, ni yo, ni la empresa— tuvo que fingir que ese camino era "menos" que convertirse en manager.
Esa es la pregunta que las empresas todavía le deben a su gente. No "¿cómo subís de nivel?", sino "¿en cuál de las dos escaleras querés subir, y qué necesitamos de vos para acompañarte ahí?"
El día que una organización pueda responder eso con dos criterios distintos, en lugar de uno solo disfrazado de dos, deja de perder arquitectos disfrazados de managers. Y deja, sobre todo, de pedirle a sus ingenieros que hagan de asistentes de vuelo gratis, sin entrenamiento, sin reconocimiento, y sin haber elegido subirse a ese avión.
Autor: Fabi Mesaglio

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