Hay cafés en Buenos Aires donde el tiempo parece plegarse sobre sí mismo. Mesas de mármol manchadas por décadas de pocillos, un eco de conversaciones que nunca terminan y esa luz amarillenta que parece detenida en una época en la que las discusiones todavía tenían el peso de la madera y el hierro. En una de esas mesas, en un rincón donde la señal de celular llega con dificultad, me encontré con cuatro figuras que, en teoría, no deberían compartir el mismo plano existencial. Pero ahí estaban, compartiendo una mesa que olía a molienda fresca y a eternidad.