Mi viejo me enseñó a andar en bicicleta soltándome. Así, sin aviso. Yo pedaleaba convencido de que me sostenía y cuando miré para atrás el tipo estaba a media cuadra tomando mate. Me caí, obviamente. Me raspé las rodillas, lloré un rato, y al otro día salí solo.
Nunca más me olvidé de andar en bicicleta.
Hoy nadie se cae. Y ese es el problema.
Vivimos en la era en que todo está resuelto antes de que aparezca la incomodidad. Querés saber algo, lo googleás. Querés escribir algo, se lo pedís a la IA. Querés aprender algo, mirás un video de tres minutos y sentís que ya está. Querés opinar de algo, leés un titular y te alcanza.
Y así, sin darnos cuenta, construimos la generación más informada y más bruta de la historia. No es un insulto. Es una paradoja. Es la primera vez que una generación tiene más acceso a todo y aprovecha menos que la anterior. Los datos lo dicen. Las evaluaciones lo dicen. Cualquiera que labure con gente joven lo siente.
Pero la culpa no es de ellos.
La culpa es de un malentendido fundamental: confundir acceso con aprendizaje.
Porque el cerebro humano funciona de una manera que no le conviene a nadie que vende tecnología. Aprendemos lo que nos cuesta. Lo que nos desafía. Lo que nos genera fricción. Retenemos aquello que nos asombra, que nos emociona, que nos obliga a frenar y pensar. Y olvidamos —inmediatamente y sin culpa— todo lo que nos llega fácil.
No es filosofía. Es neurociencia. El esfuerzo genera conexiones. La facilidad genera consumo. Y consumo no es conocimiento. Es la ilusión del conocimiento, que es mucho peor, porque te deja convencido de que sabés cuando en realidad solo viste pasar la información de largo.
Y acá entra la inteligencia artificial.
La IA es, sin duda, la herramienta más poderosa que le dieron al ser humano desde la imprenta. Tal vez más. Pero la imprenta no te escribía el libro. Vos tenías que leerlo, pensarlo, discutirlo. La IA te lo resume, te lo explica, te lo mastica y te lo da digerido. Y vos te quedás con la sensación de que aprendiste algo.
No aprendiste nada. Consumiste un resultado.
Entonces la pregunta real no es si la IA es buena o mala. La pregunta es qué hacemos nosotros con ella.
Yo trabajo en tecnología hace más de cuarenta años. Vi pasar modas, frameworks, revoluciones que iban a cambiar todo y no cambiaron nada, y cambios silenciosos que transformaron todo sin que nadie se diera cuenta. Y en cada ola, la diferencia nunca fue la herramienta. La diferencia siempre fue la actitud de quien la usaba.
El que entendía que la herramienta lo liberaba para pensar mejor, crecía. El que entendía que la herramienta lo liberaba de pensar, desaparecía.
Con la IA pasa lo mismo. Pero más rápido. Y con menos red.
La IA te saca de encima lo mecánico. Perfecto. Que formatee, que busque, que ordene, que automatice lo repetitivo. Para eso es brillante. Pero el momento en que le delegás la parte incómoda —la parte donde vos tenés que pensar, decidir, equivocarte— ahí dejás de aprender. Y si dejás de aprender, dejás de crecer. Y si dejás de crecer, no importa cuántas herramientas tengas encima: sos prescindible.
Nadie te lo va a decir. Simplemente un día vas a notar que tus ideas suenan iguales a las de todos los demás. Porque son las mismas ideas. Las generó la misma máquina.
¿Cómo se sale de eso?
Haciendo las cosas difíciles a propósito. Sí, suena a contramano de todo lo que te venden. Pero pensalo un segundo. Leé el artículo completo antes de pedirle el resumen. Escribí tu primer borrador con tus palabras, por horribles que sean, antes de pedirle a la IA que te lo pula. Intentá resolver el problema, aunque sea mal, antes de buscar la respuesta.
Porque ese borrador malo, esa solución a medias, esa idea desprolija que se te ocurrió mientras luchabas con el problema... eso es tuyo. Eso es pensamiento. Eso queda.
Y después sí, usá la IA para mejorarlo. Para pulirlo. Para llevarlo más lejos de lo que podrías solo. Ahí la IA te amplifica. Ahí te hace mejor.
Pero si le pedís que haga el camino completo, no te amplifica. Te reemplaza. Y vos ni te enterás, porque el resultado se ve impecable.
Mi viejo no me soltó la bicicleta porque fuera cruel. Me soltó porque sabía algo que hoy estamos olvidando: que sin la caída no hay aprendizaje. Que sin la incomodidad no hay crecimiento. Que lo fácil no enseña.
La IA no vino a hacernos más inteligentes. Vino a darnos la oportunidad de serlo. Pero la oportunidad, como la bicicleta, hay que pedalearla uno.
Y de vez en cuando, hay que bancarse la caída.
Autor: Fabi Mesaglio
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